“Detrás de un cerro grande
va estallando una nube lentamente”.
Carlos Pellicer

Alcanzado por el espíritu de renovación, y la nostalgia de saberse lejos de su tierra, 1915 sería el año en que Rivera pinta El caudillo. Mejor conocido como Paisaje Zapatista, es único en su tipo por el estilo, la técnica, y sobre todo la temática revolucionaria que representa.

Pequeño pero significativo -apenas 145×125 cm- es una obra temprana, que a diferencia de los grandes formatos del artista concebidos para vivir en los muros, invita a la contemplación. Tiene lugar en la segunda década del Siglo XX, en el mero espinazo de la revolución, haciendo notar esa capacidad creadora que invita a la juventud y a los espíritus más viejos a ser alcanzados por los ideales de la libertad y la reconstrucción de la vida en un sentido más humano.

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Apoyado en el discurso nacionalista el triunfo de Paisaje Zapatista, se revela en un estilo cubista muy bien logrado. El zarape, el sombrero, la carabina y demás elementos tienen lugar en cierto momento de la vida, donde se espera que los corazones presos de pena se manifiesten en una sola lucha. Dicha opresión nada lejana a los momentos que actualmente vivimos, y que expone ante nuestra conciencia la vital necesidad de ensanchar los horizontes hacia un movimiento que nos devuelva la soberanía, la democracia, la libertad y revalore la mexicanidad.

Es preciso advertir sobre la necesidad de un caudillo del arte que reconstruya los muros de la historia, testigos de la lucha incansable por el bien común. En el centenario de Paisaje Zapatista invito a la reflexión por abrir las ciudades a esfuerzos que se multipliquen entre las familias, sus hogares, calles, y ríos de gente que busquen la transformación, encontrando en el arte esa capacidad de conversión.