Toda violencia cabe en una novela sabiéndola acomodar, parece ser la premisa de que parte Fernanda Melchor para desarrollar la historia negra, tremenda y descarnada que nos comparte en Temporada de huracanes, publicada por Pinguin Random House, en la Ciudad de México, en abril de 2017. Hay un México miserable, el que no tocó fondo porque siempre ha estado allí, el que es la desgracia misma habitada por sombras que sobreviven en el vicio y el desamparo, el que no forma parte de ningún programa de gobierno o de Derechos Humanos, donde transcurre esta novela que, al final, es una maldito alarido al amanecer, un certero puñetazo a las políticas de igualdad social. Un arañazo al multi proclamado desarrollo del siglo XXI.

Con un estilo que no da respiro, Fernanda Melchor, que nació en Veracruz, México, en 1982, narra los días en La Matosa y Villagarbosa, pueblos tropicales por los que pasa una carretera transitada por trailers que van y vienen de un campo petrolero. La vía está poblada de antros donde se puede conseguir sexo para todas las preferencias, droga, alcohol y lo que haga falta. Con ese estilo que es el verdadero huracán en la novela, la autora teje capítulos largos, sin diálogos ni párrafos, en la mejor tradición garcíamarqueana, para contar los días de Luismi y su familia, desde su abuela, tías, padre, madre, primas y amigos del parque de Villa, utilizando como eje rector a la Bruja, en cuya casa oscura y maloliente existen dos misterios: un cuchillo clavado en una manzana en la cocina y una puerta atrancada en el segundo piso, que perturban a lo largo de la novela. Yuri Herrera señala que Fernanda, “muestra un oído y una agudeza pocas veces vista en nuestra literatura”, y tiene razón, ese detalle se percibe en la manera en que mantiene un ritmo narrativo devastador a lo largo de la novela sin alterarlo demasiado, lo que indica un cuidado exhaustivo de las frases y de la mezcla de intenciones, sensaciones y sueños de cada personaje en cada capítulo, que igual sobreviven en los mismos espacios. La interacción entre ellos es pertinente y jamás se enciman. Hasta se da el lujo de agregar, a la manera del antiguo maestro de Alcalá, un cuento que funciona perfectamente para atemperar la aguda tensión que se experimenta al zambullirse en su historia.

Cada página es un quiebre con la vida. Cada capítulo es un caso extremo que invariablemente conduce al fracaso total. Una muestra palpable de que los seres humanos nacieron para destruirse entre ellos y no habrá fuerza ni Dios que los haga desistir de su empeño. Hay páginas fascinantes que cortan el aliento. Páginas en que uno vuelve sobre sí mismo y puede responderse la pregunta maldita que nos hacen de vez en cuando: ¿Para qué carajos sirve la literatura? Para cortarle la cabeza a un rey, dice Luis García Montero, pero también, pensaba mientras leía, para cortárnosla a nosotros mismos. Fernanda es extremista, lleva cada personaje hasta el final y no deja preguntas sueltas. La novela corre ligera, asombra y compromete. Su lenguaje es duro, no requirió metáforas o extensas disquisiciones para perfilar personajes perfectamente vivaces y propositivos. Nadie puede escapar impune a la manera en que la Bruja condiciona la mayoría de las páginas. Quizá la parte del abuelo expresa cierta suavidad; seguramente algo concluirá usted en su momento.

Personajes como La Bruja, Luismi, Brando, Willy, Munra, Chabela, Rigorito, Barrabás, Tina, Maurilio, Yesenia, Norma, Pepe, Leticia y otros son los que pueblan Temporada de huracanes. Cada uno vive su momento negro en una zona donde el calor también participa. Varias expresiones que son parte de nuestro acervo nacional, como desgarriate, rascuache, cochambrosa, cabulear, argüenderas, guamazos, bastante papayón, domingo siete, sandungeo, chacalear, y muchas más, son utilizadas con absoluto conocimiento. El lenguaje es parte de la identidad de las regiones y Fernanda no rehúye el universo veracruzano, lo que a mi manera de ver es un acierto. Temporada de huracanes requería de este código arrabalero para asentarse como una pieza perfecta en la estética de la violencia que ahora define parte de la literatura mexicana contemporánea. Un registro que es arte y que es una interesante propuesta de un grupo de escritores de fuerte e irreductible personalidad, de la que Fernanda Melchor forma parte. Ya me comentarán sus impresiones.

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