La selección mexicana de fútbol se salvó de hacer el papelón de su vida tras escenificar cinco partidos con un nivel menos que mediocre, a tono con la calidad de todo el torneo que es la Copa Oro de la Concacaf.

Jugar más o menos bien un partido fue suficiente para que México se coronara por séptima vez en la historia del torneo de selecciones correspondientes a la Confederación Norte, Centroamérica y Caribe de Fútbol.

Para mucha gente, esta victoria de tres a uno sobre Jamaica sabe a poco o nada. La incredulidad,  la desconfianza e incluso la vergüenza son sentimientos que han surgido en la
afición mexicana al ver cómo la selección alcanzó la final de este certamen.

No es para menos si tomamos en cuenta que desde la fase de grupos, el cuadro mexicano mostró que actualmente no está pasando por su mejor momento futbolístico. Primero superó sin problemas a un débil, muy débil equipo de Cuba. Los caribeños se llevaron seis jalapeños en ese encuentro.

Sin embargo, ese partido no emocionó a muchos dado que el rival de los aztecas fue un equipo con prácticamente todo su cuadro compuesto por jugadores amateurs. Después empató y aburrió al empatar a cero con Guatemala. La mediocridad convertida en fútbol.

Para terminar la fase de grupos, el ahora campeón de Concacaf empató a cuatro goles con Trinidad y Tobago, en el encuentro que realmente encendió los focos rojos dentro del equipo. El nivel de inoperancia y la falta de ideas claras se habían apoderado de los mexicanos. Sin embargo, lograron calificar a cuartos de final. Sería mucho que no hubiese logrado al
menos eso.

Tres partidos y en torno al equipo había más dudas que respuestas. Encima de eso, Miguel Herrera se fue poniendo peor cada vez, con declaraciones y actitudes exageradas y por momentos dando la impresión de haberse convertido más en una especie de político del fútbol, aunque política y fútbol son dos términos que no deben o no deberían ir juntos en ninguna circunstancia porque la política, como lo dice la historia, termina por ensuciar todo lo que toca, y como diría Maradona “la pelota no se mancha”.

Mientras tanto, en la lista de jugadores, elementos de los que se presume los logros y avances militando en equipos europeos, pero que cuando vuelven a casa parecer que se les olvida todo eso. O quizá sea que aquí no encuentran los mismos conceptos ni el mismo nivel. El problema es que los mejores se bajan al nivel de los que aún no tienen la experiencia para este tipo de cosas.

Inestable, molesto, incómodo. Con el equipo así, Miguel Herrera llegó al juego de cuartos de final en contra de quien se suponía que sería uno de los dos rivales más difíciles para México: Costa Rica.

Si en los partidos de grupo, México causó una impresión de poco fútbol, contra Costa Rica se repitió la dosis, pero esta vez, en la etapa de eliminación directa, con el agravante del arbitraje.

Se habían cumplido prácticamente todos los 30 minutos de tiempo extra, corría el 123, es decir el tercer minuto del agregado, cuando el árbitro Walter López, de Guatemala, decidió marcar un penalti sumamente dudoso a favor de México. Andrés Guardado cobró y ahí acabo el juego. México calificaba a semifinales.

Después de este resultado, las dudas aumentaron porque ahora se hablaba de posibles ayudas de parte de Concacaf para abrirle camino hacia la final a México. Independientemente, el arbitraje de la zona es para que muchos se regresen a pitar en el llano.

En semifinales, contra Panamá, las cosas no cambiaron mucho. También se fueron a tiempo extra con empate a un gol y en el suplemento de nueva cuenta el árbitro marcó un penal inexistente que le dio paso, como se esperaba, a que México disputara la final.

Encuestas televisadas antes de la final contra Jamaica, revelaban que la gente de México sentía que ni el título lavaría todo el camino incierto y sospechoso que trazó la selección hasta el juego por el campeonato.

Del otro lado, Jamaica llegó a la final en el papel de equipo revelación. Los caribeños empataron a dos goles en la primera jornada del torneo, contra Costa Rica. Después venció por la mínima a Canadá y para cerrar la fase de grupos repitió la dosis ante El Salvador. Idéntico marcador registró contra Haití en los cuartos de final y en la semifinal dio la gran
campanada al vencer a los Estados Unidos.

Es de resaltar el avance futbolístico que mostró la selección de Jamaica en este torneo y en la Copa América, en donde estuvo como equipo invitado. Es cierto que perdió sus tres partidos por un gol a cero, pero también es real que por momentos dio muestras de tener ideas efectivas de fútbol.

Jamaica no tenía presión en absoluto, era México el equipo en el que caía todo el peso, toda la responsabilidad. Así comenzó el partido que terminó con el triunfo y la séptima Copa Oro para México.

El triunfo, aunque de una manera tan sucia, viene a calmar en parte los tiempos turbulentos que venía viviendo la selección nacional y no nada más la mayor, también en la femenil, en la de playa y en las categorías con límite de edad.

Por fin, México jugó un partido más o menos decoroso  y le alcanzó para ganar. Se destaca Andrés Guardado como el jugador más maduro y más completo del equipo  y se resalta también la necesidad de que Miguel Herrera deje de comportarse como un animador de evento masivo o como un energúmeno sin sentido, y que sea más autocrítico no vaya a ser que por soberbio, la vida le dé un golpe muy duro cuando fracase. Jamaica, con su segundo lugar, parece más el ganador que el mismo México, pero qué decir, si así son las cosas en este bizarro submundo llamado Concacaf. Nos leemos en la próxima Línea de Fondo.

(Foto: Mediotiempo.com)