Disclaimer: antes de ser aficionado tigre, soy ciudadano de Nuevo León. Los comentarios a continuación vertidos no son en calidad de ‘fanático’, mucho menos ‘anti-rayado’; estoy convencido que si el estadio fuese del equipo al que apoyo, opinaría exactamente lo mismo.

Cuando en septiembre del 2008 fue presentado oficialmente el proyecto para construir el nuevo estadio de los Rayados de Monterrey, comenzó una danza de especulaciones en torno a cuál sería el lugar más indicado para ello. Desde luego que resulta subjetivo establecer un criterio de “idoneidad”, más en una ciudad donde no rige criterio de desarrollo urbanístico alguno y se levantan construcciones a diestra y siniestra sin el menor cuidado siquiera estético, ya no digamos ambiental.

Entre las primeras localidades que sonaron estuvo la zona aledaña al Parque La Pastora, en el municipio de Guadalupe, el pulmón natural más grande del área metropolitana. Un lugar céntrico, una extensión de terreno suficiente para la obra, disponibilidad de las autoridades municipales para levantar la infraestructura vial necesaria para satisfacer la demanda vehicular, caray, hasta el Cerro de la Silla de fondo como adorno perfecto para no extrañar la tradicional panorámica del estadio del Tec. El único pero gran pero: dichos terrenos no sólo son propiedad federal, sino parte de un área natural protegida por la Semarnat.

Los reclamos de las asociaciones de cuidado medioambiental no se hicieron esperar cuando la entonces alcaldesa del municipio, Ivonne Álvarez, oficializó en conjunto con los directivos del club que sí, los terrenos de la Pastora eran los elegidos para erigir el inmueble, con un costo estimado de 200 millones de dólares y que comprometía a la institución a levantar también un parque ecológico en las inmediaciones para subsanar el impacto a la zona. ¿No sería más conveniente evitar “el impacto en la zona” NO CONSTRUYENDO semejante monolito en medio de un bosque urbano?

Porque se le vendió a la ciudadanía el argumento que dicha zona estaba abandonada, y construir el estadio en tal lugar resultaba un beneficio al entorno por donde se le viera. Lo que se ignora, con demasiada alevosía, es que tal zona en las últimas administraciones municipales y estatales se descuidó a tal modo que pudiera sostenerse como una necesidad que Femsa hiciera una obra de altruismo concediéndole a tal sector el honor de levantar allí su hogar. ¿Sabe usted cuánto pagó Femsa a cambio de los terrenos? NADA. Le fueron cedidos en comodato por 60 años por Rodrigo Medina, con el aval del congreso local.

Ante tal esplendidez seguía siendo un obstáculo el carácter de área natural protegida de los mismos, pero como señala @guffocaballero, “en Nuevo León la vida silvestre no vale nada; aquí el verde que importa es el de los billetes y los envases de vidrio para guardar cerveza regia/holandesa”. La orden de destrabar las autorizaciones llegó directamente del ejecutivo -léase Felipe Calderón- y el 1 de enero de 2013 se hace oficial que se otorgaron los permisos necesarios para que se realice la edificación. El daño al patrimonio ecológico tenía bandera blanca para comenzar a consumarse.

Este texto no pretende convencer a nadie de lo artero que resultó para el área metropolitana entera el anteponer una necesidad social particular -contar con un centro de esparcimiento- al cuidado de su medio ambiente y preservación de los pocos espacios naturales que amortiguan la cada vez mayor contaminación que está salida de control. Pero como vivimos en el país del engaño, ¿para qué preocuparnos por el aumento de contaminantes en la zona cuando se puede simplemente mandar cerrar la estación de monitoreo? ¿Qué importancia puede tener el hábitat de 106 especies de animales cuando en su lugar habrá un templo del deporte más popular del país para 51,000 creyentes? ¿Cómo renunciar al glamour que significa una edificación de tal relieve -definida por el mismo EPN como un nuevo icono de la ciudad- a costa de mantener una centenaria zona ecológica? ¡Qué pereza!

Hoy de distintos puntos de la ciudad arribarán miles de aficionados rayados a disfrutar de una instalación de primer mundo. Cada uno de ellos pagó su entrada, no para este partido inaugural, sino para todo el año futbolístico por venir. Tomarán su asiento y gozarán de un excelso panorama viendo en el terreno de juego a 22 deportistas haciendo lo suyo por cumplir con el protocolo de la fiesta que hoy llega a su culmen. Comerán y beberán con singular alegría y tras las cinco, diez fotos de rigor y la infaltable selfie volverán contentos a su hogar, ansiando pasen pronto los días hasta su siguiente cita en el BBVA. En ellos no descansa la responsabilidad de asesinar una área natural protegida de manera tan impune; ésta pesará en las conciencias de funcionarios y empresarios, que me pesa reconocer, les vale madre haya sido así, y sus sonrisas de oreja a oreja durante la ceremonia de inauguración lo dejó ver. Nada extraño en el país de la corrupción, la opacidad y el cinismo.

Finalizo recomendando algunas lecturas -todas ellas recientes- a propósito del tema para redondear distintos aspectos que apuntalan el carácter de crimen a lo que se hizo con los terrenos de La Pastora:

(Imagen: Yolanda Rosales)