“La mitad de las plazas laborales en Japón será ocupada por robots en el 2030”, sentenció lapidariamente el Nomura Research Institute la semana pasada, y rápido se convirtió en una de las notas de mayor divulgación a través de las redes sociales. Preocupación y admiración, dicotomía encontrada de sentimientos que da rienda suelta a la imaginación, a las posibilidades y a la vorágine colectiva.

Y es que los avances tecnológicos se transfieren cada vez con mayor rapidez a través de las invisibles redes de este mundo globalizado. El eventual triunfo de la inteligencia artificial nipona sobre su mano de obra humana permeará, tarde o temprano, al resto de las economías, incluida la nuestra.

Nadie, mucho menos los economistas, puede argumentar desconocimiento ni mostrar sorpresa. Hace 85 años, Keynes, el economista más influyente del siglo pasado, en su ensayo titulado “Posibilidades Económicas para nuestros nietos” hacía ya referencia a la enigmática fecha: profetizaba que la humanidad podría satisfacer sus necesidades básicas en el 2030 y que “nuestro real y permanente problema sería cómo utilizar nuestra libertad de preocupaciones materiales y cómo ocupar nuestras horas de ocio”.

Hay quienes permanecen escépticos. No han sido pocas las predicciones alarmantes vertidas en el subconsciente colectivo a lo largo del tiempo que han errado atronadoramente, como la maldición Maltusiana de hace dos siglos: en el futuro cercano no habrá suficiente alimento para la humanidad, pues la producción del campo crece aritméticamente mientras la población lo hace de manera exponencial.

Thomas Malthus, economista inglés y promotor de dicha teoría, eliminó toda posibilidad de alteración de las circunstancias del momento. Los cambios en preferencias, modas y educación quedaron fuera de su modelo, así como lo más importante, el progreso tecnológico. Este último, es precisamente la piedra angular utilizada por Keynes y la academia japonesa para llegar a tan controversial presagio.

La sustitución de fuerza laboral por computadoras no es novedad. Quien retira dinero de su cuenta bancaria, rellena su garrafón de agua purificada o compra un boleto de avión por Internet, no interactúa con ser humano alguno. En nuestro vecino del Norte la gama de actividades se extiende mucho más y las máquinas sustituyen a despachadores de gasolina, operarios en las fábricas y cajeros en los supermercados, por mencionar algunos.

No debemos temer al avance tecnológico ni oponernos a él; al final de cuentas, es una ola imposible de contener. Que la inteligencia artificial realice la mitad de las actividades laborales no necesariamente significa un riesgo al empleo. Al contrario, dejemos a los robots las actividades más monótonas y aburridas, y a los seres humanos las tareas creativas, culturales, y sobre todo, más tiempo para disfrutar a la familia y el esparcimiento.

Ser más felices y vivir a plenitud. Al final de cuentas, de eso se trata la vida, ¿o no?