Definitivamente el concepto de normalidad en Las Vegas ya era discutible antes de la pandemia. Normal, no es. Pero la imagen de estos días roza lo surrealista. Todos los casinos de la ciudad están cerrados por orden del Estado. Los pocos hoteles que funcionan no tienen servicios y operan al 5% de su capacidad. La comida solo se sirve a domicilio. El aeropuerto está desierto. En el famoso Strip, la calle de los hoteles y casinos, familias de residentes pasean en bicicleta con los niños por mitad de la calzada. Los adolescentes hacen carreras en monopatín entre los casinos. No hay música, ni fuentes, ni nada que anunciar. Es como si alguien hubiera dejado abandonado un enorme decorado, vacío y silencioso en medio del desierto.

Detrás de ese decorado se está gestando una catástrofe económica y, posiblemente, humana. La región de Las Vegas tiene dos de los tres millones de habitantes de Nevada. El Strip de Las Vegas es el corazón económico del Estado. La autoridad de turismo de la ciudad calcula que 368.000 empleos (el 37%) dependen del turismo. Las Vegas tiene 150.000 camas de hotel (más que Nueva York) con una media de ocupación del 90%. El turismo generó 57.600 millones de dólares en 2018, el 51% del PIB del sur de Nevada.

La ciudad entera depende de actividades que están paralizadas y, además, no van a volver en un futuro cercano: hoteles, restaurantes, juego y espectáculos. Lo que en otros lugares es una parte de la economía, en Las Vegas es la economía, sin más. Alan Feldman, exejecutivo de MGM y experto en Juego Internacional de la Universidad de Nevada, lo califica de “devastación total”. “Es un cierre completo. Trato de cuidar las palabras porque me empiezan a faltar. ‘Sin precedentes’ ya no vale. Es una destrucción competa de todo”.

En el caso de la capilla Viva Las Vegas, depende en un 29% del turismo internacional para sobrevivir. Sobre todo de España. “Yo he casado a Alaska y Mario, vestido de Elvis, dos veces”, afirma Decar. La pareja de celebrities españolas se casó en esta capilla para su programa de televisión y desde entonces es un destino muy popular. Alaska y Mario aparecen en el luminoso de la calle. “Este verano no van a venir españoles”, se lamenta. Ni europeos en general. Ha recibido una ayuda federal de 10.000 dólares, pero es consciente de que es un parche. “El dinero no va a quitar a la gente el miedo a viajar”.