36 horas bajo los #escombros: la historia de Lucía Zamora

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En esos momentos se sentía aún más el peso de las decenas de toneladas de escombro sobre Lucía Zamora Rivera, atrapada en un edificio colapsado por el sismo de magnitud 7,1 que afectó a varias zonas de Ciudad de México.

Habían pasado varias horas del terremoto pero en ese pequeño hueco, entre los restos de lo que fueron siete pisos comprimidos en tres, medir la dimensión del tiempo era difícil.

“La oscuridad era terrible, no entraba absolutamente nada de luz”, le cuenta Lucía a BBC Mundo.

“Se escuchaban helicópteros, maquinaria, algunas voces de lejos, como gente pidiendo auxilio o que lloraba. Y también períodos de silencio muy largos”.

Minutos, a veces horas, en que el ánimo decaía. Pero se recuperaba.

“Te vas tranquilizando. Hay momentos de temor, de miedo, en los que las sensaciones de hambre y sed desaparecen”, recuerda.

“Rezas, te regresa la fe, pierdes la esperanza. Experimentas todo, todas las emociones. Yo traté de mantenerme calmada lo más posible”.

Lucía no podía saberlo pero unos metros arriba de ella decenas de rescatistas, voluntarios y militares movían piedras, vigas de concreto, muebles, tierra.

Luchaban contra el tiempo para rescatar a decenas de personas bajo los restos del edificio de oficinas en el número 286 de la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma de la capital mexicana.

Es una de las zonas devastadas por el sismo donde más se ha concentrado la atención, porque una semana después del terremoto todavía hay personas atrapadas.

Lucía fue una de ellas. Permaneció 36 horas acostada boca arriba, casi inmóvil, con una losa de concreto a unos centímetros de su cara.

Ese fue su espacio de vida, con apenas aire para respirar. Y la oportunidad de pedir auxilio.

“Siempre estuve consciente. Lo primero que hice fue tomar mi (teléfono) celular. Intenté hacer una llamada pero no salía”, recuerda.

“Isaac estaba conmigo, nos tratamos de tranquilizar, prendimos la luz del teléfono para saber dónde estábamos o si teníamos heridas. Y conforme pasaron las horas tratamos de acomodarnos en ese espacio, de saber si estábamos bien”, relata.

“Pensé mucho en mi hermana. Visualizaba que iba a salir, cada vez estaba más segura de que iba a salir. Ya cuestionaba por qué estaba allí, qué había pasado. Más bien trataba de esperar pacientemente y tener fe”, reconoce.

Gritaron. Y alguien respondió.

Era Paulina, quien al momento del sismo se encontraba en el cuarto piso del edificio y estaba atrapada a unos metros de ellos.

“Se cayó hacia nosotros. No la conocíamos, sólo por los gritos”.

Rezaron. Mucho, cuenta Lucía Zamora. También conversaron sobre sus vidas. No durmieron, atemorizados de que en un momento de inconsciencia preguntaran por ellos y no respondieran.

El ruido de las máquinas, golpes de marros y voces se oían más cerca. Unas 30 horas después del sismo, un rescatista preguntó si alguien seguía con vida.

“Gritamos ‘¡ayuda, ayuda!’, y entonces preguntó los nombres. Escuché que cuando los decíamos lo repitieron a otras personas”.

Los Topos, miembros de una brigada mexicana de rescate en zonas de desastre, les pidieron calma y paciencia. Sacarlos de los escombros podría demorar mucho.

Por fin, 32 horas después de quedar atrapados, se abrió un boquete en el piso, cerca de ellos. Por estrategia primero salió Paulina y después Isaac.

No quería dejarla. “Me decía: quiero que te saquen a ti primero. Me protegía mucho en todos sentidos, pero era imposible. Yo estaba bocarriba y teníamos que salir bocabajo para poder arrastrarnos”, rememora.

“Le dije: ‘Nada más dime qué tan fácil la ves’. Y me dijo: ‘No amiga, si yo salgo tú vas a salir'”.

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