Junto con el Muro de Berlín se derrumbaron también las teorías económicas basadas en el socialismo. Al erguirse el capitalismo como la doctrina triunfante de la Guerra Fría, los postulados bicentenarios de Adam Smith volvieron a fortalecerse y se convirtieron en la norma a seguir para los países deseosos de alcanzar el éxito económico.

Dos son las ideas popularizadas por Smith, padre de la Economía moderna, que encierran los fundamentos básicos del capitalismo: “Dejar hacer” y “dejar pasar”. Según esta expresión, si le damos libertad a cada persona de actuar como mejor le parezca y  comerciar sin restricciones dentro de su país y con el exterior, una “mano invisible” guiará a las leyes del mercado hacia el mejor equilibrio posible para la sociedad.

Menudo problema nos ha dejado a los economistas al tratar de explicar algunas formas de comportamiento humano que se alejan de la voluntad popular. Por ejemplo, todos queremos calles sin baches, pero somos reacios a pagar las contribuciones impositivas; de la misma forma, todos queremos un tope afuera de nuestra casa, pero no deseamos verlos en ningún otro lado.

A todos nos gustaría vivir en ciudades menos contaminadas y menos congestionadas, pero nada hacemos por hacer más eficiente el uso del automóvil; también nos gustaría contar con mejores gobiernos y acabar con la dañina corrupción, pero pocos son los ciudadanos que participan activamente en la política.

A todos nos gustaría tener menos accidentes fatales, pero pocos respetamos los límites de velocidad; a todos a nos gustaría tener más seguridad, pero ¿cuántos denunciamos los ilícitos?

Todos quisiéramos un peso fuerte, pero pocos agentes económicos soportan la tentación de comprar dólares durante periodos de volatilidad; a nadie nos gusta padecer inflación, pero cada que podemos ajustamos nuestros precios a la alza.

A veces nuestra conveniencia individual difiere radicalmente de nuestro ideal como sociedad, y ahí es donde se encuentra la falla principal del modelo propuesto por Smith. Las teorías colaboracionistas, como la presentada por John Nash, abonan a corregir estas desviaciones: para alcanzar el óptimo social, los individuos deben hacer no sólo lo que consideran mejor para ellos, sino para el grupo.

Sin embargo, para que esto suceda tiene que existir un andamiaje sólido de instituciones que genere los estímulos correctos y castigue las conductas individualistas que atenten contra el bienestar común. En este contexto, el acicate más eficiente es pensar en nuestros hijos en cada acción que tomemos: ¿Es el mundo que realmente deseamos para ellos?

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