Cronica de un domingo visitando a Miguel Ángel

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Amanece y el centro del mundo renacentista se aloja por unas cuantas semanas en la Sala Nacional del Palacio de Bellas Artes.  La “marabunta humana” se abre paso sobre la Alameda Central, salen del metro, atraviesan las avenidas, apresuran la marcha y buscan la posibilidad de integrarse en una de las tres filas que avanzan lentamente hacia el umbral del recinto. El aliento del mundo ensordece las indicaciones, el sol se desplaza, la sombra se alarga, los ánimos se deshidratan, muy a la usanza europea tres o cuatro horas serán apenas necesarias para llegar a la taquilla, y adquirir un boleto que programe la entrada.

Como regalo a la paciencia, el perímetro de la Alameda comienza a iluminarse. Son las siete y media de la noche,  cercanos a la promesa del goce estético los aficionados forman la última fila. A manera de bienvenida se abre la puerta de la sala, Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos. La concepción humanista de la época se erige claramente en un retrato hecho por  Marcello Venusti, enmarcado por una serie de hojas de acanto se adorna el rostro del ilustre arquitecto, escultor, y pintor italiano. Una serie de cuadros contextualizan la etapa creadora, nos ponen al tanto de uno de sus principales mecenas Lorenzo el Magnífico, y nos revelan su escritura al incluir una carta dirigida a su sobrino Leonardo.

El Cristo Portacroce: la apoteosis que se adelanta ventajosamente para cautivar al espectador. Ubicada en la segunda sala, provoca qué el ojo de la imaginación se ajuste a las más estrictas leyes del canon, el mármol explota con brillantez, el paso del plano técnico al visceral se vuelve una constante.

Es claro que en el renacimiento la personalidad artística se forjaba en la medida en que los creadores demostraran su considerable destreza en varias técnicas, no se trata de una simple obra, sino de la delicadeza y profusión de detalles arquitectónicos, ornamentales, pictóricos, y escultóricos que integran el conjunto. Tal es el caso de la Capilla Sixtina, no es por tanto de extrañar que sirviera de inspiración a los artistas del nuevo mundo.

La considerable destreza de Miguel Ángel se enfrenta a la moderación temperamental con el David-Apollo, una escultura concebida de manera sobria, ligera en sus ondas y contrastes. La noble sencillez con la que fue esculpida no la exime de la habilidad  para encarnar el mármol.  Honrosa entre sus jirones nos permite experimentar sensaciones estéticas muy ah doc al idealismo estilístico que encuentra en la belleza canónica su máxima expresión.

Miguel Ángel y la conjunción entre el nuevo y  viejo mundo, nos esperan en el Palacio de Bellas Artes hasta el 27 de septiembre. Es de reconocer la gran labor que nos permite el acercamiento  a los fundamentos primordiales del arte en la mayoría de sus expresiones. Pinturas, grabados, esculturas, y textos,  ponen de manifiesto  el valor universal de este gran artista.

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