Ciudad Juárez, con 1,3 millones de habitantes, es el paraíso de estas empresas, mayoritariamente estadounidenses, pero también europeas, que se instalaron en México en busca de mano de obra barata, casi esclava. De Estados Unidos llega la materia prima y a Estados Unidos se retornan las piezas ensambladas: lo mismo son cajeros automáticos de bancos que las tripas de una computadora, piezas para vehículos, aparatos de telefonía o el cableado de los electrodomésticos. Tres turnos de ocho horas cada uno para no interrumpir la producción ni de día ni de noche, a 215 pesos la jornada, unos 10 euros. Viejos autobuses recogen a los obreros en sus colonias y, bien apiñaditos durante el trayecto, los depositan en las empresas y de vuelta a casa.

No hay nada que merezca el nombre de sindicato en Ciudad Juárez. Los trabajadores desconocen sus derechos más básicos, son presa fácil de la voracidad empresarial y estos días están más expuestos que nunca, aunque el Gobierno haya decretado el cierre industrial. Si piden suspender la actividad les amenazan con el despido. Si a pesar de todo insisten en quedarse en casa como machaconamente exigen las autoridades sanitarias y la televisión, la empresa les muestra un documento donde figura su renuncia voluntaria y firman como corderitos. Son unas pocas monedas de las que no pueden prescindir. O un bono de 100 pesos y a pasar la tarde en casa sin hacer ruido.

Enfundada en su traje blanco, con mascarilla y guantes, una abogada laboralista se desgañita a las afueras de Edumex, donde 6.000 empleados fabrican filtros, quitapelusas y piezas para los electrodomésticos. “¡No firmen la renuncia voluntaria! Ya la Secretaría de Trabajo dijo que mientras se extienda la emergencia nacional sus despidos serán nulos. Se viene una recesión muy fuerte, ¡aseguren lo que es suyo! ¡No firmen solo para llevarse el cheque que les ponen a la vista! ¡No sean pendejos, no hagan caso a Recursos Humanos, nadie tiene un documento que dice que se permite la actividad en la empresa. Es fácil dominarles a ustedes, pero créanme, si la empresa les presenta un documento como ese se va al bote [cárcel]. Ese papel no existe”. Susana Prieto, una abogada activista bien conocida en Juárez, se traslada de una empresa a otra, graba vídeos con su móvil y los cuelga en las redes donde ya los ven miles de seguidores. Les enseña cómo presionar legalmente a la empresa, porque los trabajadores apenas distinguen una protesta en la calle de un paro laboral. “¡Organícense, abran un grupo de WhatsApp, usen los teléfonos para lo que sirven!”. La unión hace la fuerza es una frase con poco calado en estos predios.

La abogada tiene la voz ronca pero el ánimo entero. Ella también fue maquiladora para pagarse los estudios. Es una rara avis. Las maquiladoras son el paisaje que ven aquí los padres y los hijos, y el mismo que verán los nietos. El ascensor social está bloqueado. Y el coronavirus no va a contribuir a cambiar esto. Más bien al contrario. “En México se hereda en buena medida la condición de origen. Y los que la superan no llegan muy lejos en la escalera social. Si naciste en el lado equivocado de la escalera, un choque epidémico como este solo incrementará la inmovilidad social”, asegura Roberto Vélez, director ejecutivo del Centro de Estudios Espinosa Yglesias.

El 40% de la población mexicana está en el primer o segundo escalón de un total de cinco pisos. Solo el 50% de los que nacen en el primer piso mejorará su condición, pero la mitad de ellos apenas subirá al siguiente; la otra mitad escalará algo más. “Dos o tres personas de cada 100 alcanzan el nivel más alto, y eso es una clase media. El accidente de cuna es el que determina tu destino, y no el esfuerzo”, sostiene Vélez en base a estudios del centro que dirige.

Además, los empleados de la planta 1 y 2 de Electrocomponentes están protestando porque la maquiladora ha cerrado sus puertas por una semana, pero solo les quiere pagar el 50% del salario. La disyuntiva en la que se mueven estos empleados es perversa: trabajar con el coronavirus al lado o hacer la cuarentena en casa sin un peso en los bolsillos. Es la misma ecuación mortal que atrapa a 60 millones de pobres en todo México. Y muchos parecen decir: antes muerto que despedido.

¿Se han dado casos de covid-19 en esta maquiladora? No lo saben a ciencia cierta, unos dicen que dos, otros que tres. “Pero sí conocemos gente con síntomas similares. A algunos les han dado una baja de siete días o de 14”. ¿Es por esos casos sospechosos por lo que la empresa ha decidido cerrar esta semana? “No, creo que ha sido porque vino Sanidad el viernes y dijo que el trabajo que se hacía aquí no era esencial. Pero si el lunes siguiente vuelven a abrir, la gran mayoría seguro que regresa al trabajo. Aquí hay mucha corrupción, las empresas enseñan el dinero y nadie les hace nada. Abusan de la ignorancia de la gente”, dice un empleado que oculta su identidad.