Güeros, la ópera prima de Alonso Ruizpalacios fue la gran ganadora en la 57 entrega de Premios Ariel a lo mejor del cine mexicano. La cinta se llevó las estatuillas a Mejor película, Mejor ópera prima, Mejor dirección y Mejor fotografía. Esto ha provocado que Cinépolis la reincorpore por tiempo limitado a su cartelera. Si no la pudiste ver, aprovecha la oportunidad.

A manera de invitación (y modesto reconocimiento) comparto una reseña inédita que redacté sobre la misma el pasado mes de marzo.

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Güeros es una película género road movie, que sin llegar a emular a las más representativas de la ola Dogma 95 en su desparpajo para ir filmando -incluso sin cuidar mucho la edición a cambio de una representación más fiel de lo capturado-, logra transmitir la libertad emocional necesaria para acompañar la trama.

Una travesura cualquiera en la vida de un adolescente lo coloca en la posibilidad de encontrar junto a su hermano a uno de los iconos que los acompañaron durante su crecimiento, y con el que mantienen un estrecho vínculo porque les evoca al padre ausente. Eso es Güeros: un collage de ausencias que no podía sino filmarse en blanco y negro, entendiendo figuradamente el negro como ausencia de color.

La ausencia de un padre, la ausencia de un sentido por el cual unirse al colectivo estudiantil (“estamos en huelga de la huelga”), la ausencia de un amor que aparece como una temporal compañía en la travesía, incluso la ausencia de una respuesta cuando tras muchos dimes y diretes encuentran a la figura buscada. La ausencia que el mismo director impone a sus espectadores impidiéndoles en algún momento escuchar alguna interpretación de Epigmenio, llenando en su lugar los espacios musicales con canciones que exudan nostalgia y recuerdo.

El recurso del cine en blanco y negro, no tan recurrente como en la fotografía, es un vehículo que bien explotado se vuelve un elemento narrativo más de la historia. Basta recordar sólo como casos recientes a nivel internacional The Artist (2012) y Blancanieves (2012). En nuestro cine habría que remontarnos al 2004 y Temporada de patos como ejemplo bien logrado de su empleo.

Emplear el b/n provoca que el espectador ajuste sus percepciones a un determinado ritmo, incluso sofocándole en el intento ante lo acostumbrado que está al diluvio cotidiano de estímulos audiovisuales. Pero pasado el temporal, hay una viveza a flor de piel de las emociones que desean transmitirse, tan bien logrado en la liberadora escena final, que sin rayar en el habitual “final feliz”, nos abre la puerta a desahogar la aprehensión acumulada durante el filme.