La capital de habla hispana más grande del mundo, por donde transitan caótica y ruidosamente 20 millones de personas cada día, ya no es la misma. Ni en los barrios acomodados ni en los pobres. Pero un monstruo urbano de tal magnitud no se duerme de un día para otro. La capital, que no se ha detenido ni con terremotos que la han masacrado, ni con la crisis de la influenza H1N1 en 2009, está aprendiendo a parar. Y eso, para esta metrópoli es mucho más de lo que se esperaba hace solo siete días.

De lejos suena el organillero. Una musiquilla como de tiovivo que podría ser el himno desafinado de la capital. Que a las dos de la tarde ese sea, junto con el taladro, el único ruido que soportan los vecinos, es algo inaudito. Ya dejó de pasar el afilador, el que compra colchones viejos, el que vende tamales, camotes, el claxon de cientos de coches atorados en una calle a la que les llevó el GPS para evitar el desastroso tráfico. Los negocios están cerrados, solo sobreviven algunas tiendas de comida, farmacias y los eternos OXXO, tiendas 24 horas propiedad de Coca-Cola.

Ha pasado solo una semana desde que se decretara la emergencia sanitaria en el país y con ella una cuarentena masiva, aunque de momento sin sanciones. Las cifras hasta ahora son tímidas para las dimensiones del país: 141 muertos por coronavirus. Un dato aparentemente pequeño si se compara con la crisis que vive estos días su vecino del norte, Estados Unidos, o mucho menos que Europa. Lo que preocupa de momento es el ritmo de contagio. La cifra de contagiados es de más de 2.700. Pero el conteo no es tan sencillo: los técnicos del Gobierno han reconocido abiertamente que no saben cuántos casos podría haber con exactitud, que su sistema se basa en proyecciones, que por cada caso positivo podría haber 10, 15 más. No lo saben o no lo dicen. El país ha realizado apenas 25.410 pruebas para una población de más de 120 millones de habitantes. La apuesta de México puede convertirse en una bomba de tiempo.

48 horas después de la emergencia sanitaria, la Central de Abasto, el estómago de la capital, uno de los mercados más grandes del mundo —con 327 hectáreas y alrededor de 500.000 personas al día—, continúa su trajín como si, fuera del recinto, el mundo no enfrentara una pandemia. Es uno de los pocos rincones de la capital que no se puede permitir parar, pues abastece a millones de personas cada día, tanto clientes que comprar al por menor a un precio asequible, como mayoristas.

A las siete de la mañana, un hombre cargado con 20 cajas silba mentando madres a una pareja de unos setenta años que se detiene absorta ante el precio irrisorio de un kilo de tomates maduros. Alrededor otros chocan, se saludan, ofrecen a gritos trocitos de mango para probar, recogen entre la basura los desechos de los tráilers y llenan sus despensas.

Pero a un lado del corredor de la venta minorista, el I-Q, los que hasta ahora hacían caja con los restaurantes, tiendas y hoteles de la capital, se han convertido en las primeras víctimas de la pandemia en el mercado. “Ya cerraron los restaurantes, los hoteles y la venta ha caído un 70%, a ver qué hacemos ahora… La cosa pinta muy fea”, cuenta un vendedor de fruta al por mayor, que prefiere no dar su nombre. En dos días ha despedido a 8 trabajadores, solo quedan él y su hijo. Esto le preocupa más que la fiebre.