Por qué NO votaré por el PAN 

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Varios amigos, al conocer mi opinión electoral, me han preguntado la razón por la que NO votaré por el PAN en estas elecciones. Su pregunta, no sin visto de asombro y sorpresa, la basan en el supuesto de que yo era PANista o, por lo menos, simpatizante de ese partido.

Empezaré entonces, aclarando que nunca he estado afiliado al PAN, ni a ningún otro partido político. –Lo que no necesariamente significa que nunca lo estaré. Como dice el dicho: Nunca digas, “de esta agua no he de beber”-. Lo que sí es cierto es que simpatizaba con el partido… el siglo pasado.

¿Cómo no simpatizar con un partido que era la única oposición al ridículamente absurdo régimen dictatorial priista?  Ya desde antes de llegar a mi mayoría de edad y tener derecho al voto, promovía el voto en contra del PRI y, cuando el PAN no se presentaba a la contienda, promovía el abstencionismo o la anulación del voto. Recuerdo aquella insultante campaña del candidato “de unidad” priista, tristemente célebre José López Portillo y Pacheco, a la postre conocido como “el perro”. El PAN no postuló a ningún candidato, por lo que no existía opción alguna. Abstenerse de votar o anular el voto era la única forma de no legitimar ese gobierno y enviar el mensaje, tanto a ese mismo gobierno como a la opinión pública internacional, de que el pueblo no estaba de acuerdo con aquella situación. ¿Se imaginan lo denigrante de ir a votar por la única opción? A pesar de que la inmensa mayoría de la gente no fue a votar, oficialmente declararon victoria con cerca del 70% de padrón a favor del único candidato. Era 1976 y el PRI tenía completo control de las urnas electorales. Abstenerse tenía sentido entonces, pero los tiempos han cambiado.

Estoy consciente de que lo anterior expresa más una posición antipriista que una a favor del PAN. Pero era precisamente su posición de opositor a la dictadura lo que hacía atractivo al PAN, aunque sería injusto limitarlo a ese papel. La verdad es que era fácil simpatizar con un partido que había nacido con principios humanistas de democracia, orden, justicia y libertad; que aún entonces se oponía a un gobierno centralista, abanderando principios de pluralidad, honestidad y libertad a la iniciativa de los ciudadanos; considerando a la política como la obligación de servir a la comunidad, y al gobierno, como un coordinador y no un dueño de la vida nacional. Realmente era fácil simpatizar con ese partido.

Voté por el PAN desde que pude hacerlo y fui observador electoral, esperando que ganara. En su momento, en las elecciones federales, me inspiró el Maquío y voté con muchos otros por Fox en el 2,000, para hacer la revolución y quitar al dictador. A pesar de que Fox no fue lo que esperábamos, mejoró la economía y se vislumbró la democracia deambular entre los poderes. Voté por Calderón y por Josefina, quien aún creo sería mucho mejor que el que terminó comprando la presidencia.

Sin embargo, es precisamente su partido, el PAN, una de las dos razones por las que no votaré por Felipe en estas elecciones.

El PAN

En las elecciones locales, también voté por el PAN, pero aquí las cosas no fueron mejores. El PAN decidió corresponder a mi confianza colocando a gente como Chema, Felipe, Madero, Larrazabal y Margarita. Todos ellos envueltos en escándalos o cuestionamientos financieros; todos endeudaron la ciudad; todos siguieron prácticas priistas. Lo malo es que ninguno obedeció mi mandato ciudadano; ninguno cumplió con su deber. Lo peor, es que traicionaron a los principios de su propio partido. Ya no se puede hablar de honestidad ni de ciudadanía. Por supuesto que ellos lo hacen.

Al más puro estilo del PRI, dicen lo que la gente quiere oír, pero no actúan en consecuencia, con congruencia. Son deshonestos, y han formado grupos de poder en su partido, igual que el PRI. Ahora se interesan en el poder por sí mismo y hacen lo que sea por permanecer en él. Son como el PRI. Por lo tanto, ya no los quiero.

En las elecciones pasadas, hace tres años, el PAN cometió el gran error de faltarme al respeto; a mí, un ciudadano, su sustento, su razón de ser. Resulta que, después del pésimo papel que tuvo como alcalde de la ciudad, el PAN decide premiar a Larrazabal con la candidatura a la diputación federal por mi distrito. ¡Él ni siquiera vive aquí! Le asignaron a este distrito porque es uno que tradicionalmente vota por el PAN. No querían correr riesgos. La estrategia les funcionó, porque el PRI no aprovechó la situación. Los bonos de Larrazabal eran tan bajos que el PRI creyó que con cualquier opositor le ganarían… y colocaron en su contra a un personaje de muy mala reputación. Aún así, la votación fue extremadamente cerrada. Se tuvo que recontar cada voto, casilla por casilla y la diferencia fue mínima. ¿Cómo se le ocurre al PAN hacer esto! Si al PAN le hubiera interesado conservar mi voto, debió haber expulsado del partido a Larrazabal y candidateado a su mejor hombre; alguien de honorabilidad comprobada, para contrarrestar la mala imagen que Larrazabal dio al partido. No lo hizo porque, -según dicen los relacionados con el medio-, Larrazabal formó un grupo que tiene gran poder dentro del partido local. Suficiente poder como para poner a la alcaldesa que le sucedió, y para decidir quién sería el candidato del PAN a la gubernatura del estado.

Tal vez se pregunten por qué la gente votó por él. Esa es una buena pregunta y se podría generalizar a todos los candidatos. Su respuesta, sin embargo, amerita todo un análisis y, probablemente, todo un artículo. Aquí baste con decir que, al preguntarle a la gente del distrito sobre quién es su diputado federal, no lo recuerdan.

Felipe

El segundo motivo por el que NO votaré por Felipe, es él mismo. No me refiero a su persona como ser humano. Como a la mayoría de la gente, tampoco a Felipe lo conozco lo suficiente, ni tengo evidencias de su vida privada. No me extrañaría que, -como dice una canción de Serrat-, “lo recuerden como hijo de buenas personas”. Me refiero a él como personaje público, como político; mejor aún, como mi exempleado, al que contraté para administrar ciertos recursos como alcalde, como diputado y como funcionario.

Es interesante que la inmensa mayoría de la gente a la que le pregunto, no recuerda que Felipe fue diputado; ni local, ni federal. Aun los que dicen recordar ese hecho, no pueden decir nada que haya hecho en ese puesto para mejorar sus vidas. Felipe pasó por ahí, como si no hubiera estado. Por supuesto que Felipe dirá que nada es más alejado de la verdad; que él destacó en su partido a tal grado que coordinó a la bancada del mismo y que defendió los intereses de sus padrinos. Seguramente, todo esto es verdad. Lo uno y lo otro. Como todos los diputados, Felipe fue partícipe de decisiones que impactaron la vida y la economía nacional, pero el pueblo, los ciudadanos comunes, no sentimos que mejorara nuestro nivel de vida.

Lo que la mayoría sí parece recordar, es que Felipe fue alcalde de Monterrey. Curiosamente muchos lo recuerdan cuando se les pregunta expresa y directamente, y muchos con una expresión de recuerdo: “¡Ah, sí!”, “¿Sí, verdad?”, “Ahora que lo dices…”, y otras por el estilo. Al preguntarles si recuerdan qué hizo, algunos se toman un tiempo para pensarlo, otros de inmediato responden lo mismo: “nada”. Esto no es así. No es que no haya hecho nada; es que no lo recuerdan. Al igual de cuando fue diputado, Felipe tomó decisiones que afectaron a la población… pero ésta no vio su vida mejorar.

Tal vez ahora piensen que todo está bien o, por lo menos, normal. Que Felipe hizo en esos puestos lo mismo que todos los que los han ocupado; que no hay nada de qué sorprenderse. Bueno, si aquí acabara todo, sería ya motivo suficiente para NO votar por él. Ya estoy cansado hasta el hartazgo de todos estos políticos “de siempre”, que hacen todos lo mismo y no afectan POSITIVAMENTE la vida de la ciudadanía. El haber estado ahí sin haber provocado un cambio significativo, basta como razón para no darle mi voto. Él NO es un agente de cambio; no hace la diferencia.

Lamentablemente, sin embargo, no queda todo en la pasividad. Felipe sí hizo cosas por mi ciudad, pero negativas. Nuevamente, él dirá que arregló un camellón, o pintó el cordón de una acera. No esperaría menos, eso es el diario; es como decir que saludó a alguien o que salió a comer. La administración de Felipe otorgó permisos de construcción en los cerros, mostrando absoluta falta de respeto por los escasos recursos naturales de la ciudad; por nuestras montañas, orgullo de los regiomontanos. Otorgó permisos para el establecimiento y funcionamiento de antros y casinos, proliferando los establecimientos conocidos como “table dance”. Además, al igual que casi todos los demás alcaldes panistas, estuvo involucrado en escándalos financieros; mismos que el sistema nunca probó, ni aclaró nada. Ninguna de estas cosas mejoró la calidad de vida de la ciudad.

¡Si por lo menos hubiera coordinado el diseño de un realista y apropiado plan de desarrollo, digno de una metrópoli como ésta! Pero NO lo hizo. NO aumentó la seguridad. NO mejoró la vialidad, ni a los agentes de tránsito. NO aumentó la cantidad, ni calidad de áreas verdes. No, no, no. No quiero más de esto. No esperaba que aumentara la cantidad y la calidad de los empleos, ni de la educación, ni de la economía, pero… ¿Cómo espera que lo contrate ahora para un puesto de mucha mayor responsabilidad, cuando NO hizo lo que le correspondía en un puesto menor? Quién no es fiel en lo poco, no puede ser fiel en lo mucho.

Es famosa, por la alta frecuencia con que se usa, una expresión atribuida a Einstein, en relación a que resulta absurdo esperar resultados diferentes cuando seguimos haciendo las mismas cosas. La actual campaña de Felipe dice: “Cambiemos el rumbo”. Pero Felipe ha demostrado que él NO es un agente de cambio. Ha estado ahí por décadas, en el partido y en la política, y en los puestos decisivos, pero no hemos mejorado. Podemos volver a contratarlo y él, volverá a ser y a hacer lo mismo. NO. No quiero más de lo mismo.

Las promesas.

Una significativa cantidad de personas me dice que votarán por él porque promete quitar la tenencia. Confieso que a mí también me gusta la idea, pero…. Por un lado, dudo que cumpla su promesa; por otro, temo que la cumpla.

Mi duda se basa en la evidencia histórica. Es ampliamente conocida la histórica realidad de que los políticos NO cumplen sus promesas de campaña. Lo verdaderamente tragicómico es que, a pesar de que estamos conscientes de esto, forma parte de nuestra cultura y lo usamos en nuestras cotidianas vidas social y laboral para reclamar y bromear, aún queremos creerles a los políticos. ¨Promesas de candidato” debe ser una frase acuñada.

Al actual gobernador del estado se le reclaman al menos 25 promesas no cumplidas; entre ellas,… ¡Eliminar la tenencia! Efectivamente, Rodrigo Medina, en plena campaña, aseguraba que retiraría el impuesto de la tenencia. De la misma manera que Medina, Felipe bien podría no cumplirla. Ya fuera porque nunca tuvo la intención de hacerlo, o porque, -como le sucedió al expresidente Fox- encuentre que todo el presupuesto está comprometido y necesita el dinero de ese impuesto. Y ya sabemos que el estado está sumamente endeudado.

Posiblemente los panistas dirán que Felipe no es Medina, que no es del PRI ratero y embustero, sino del PAN. Pero ya hemos dicho que el PAN es ahora como el PRI. Los candidatos del PAN también nos han mentido. Margarita Arellanes prometió cien acciones, ¡cien! De las cuales, la número 6 era un segundo piso en la avenida Gonzalitos; las 75, 76 y 77 se referían a su compromiso de hacer un completo vial para conectar la Avenida Lázaro Cárdenas con Avenida Paseo de la Luz, resolviendo el problema del entronque con Garza Sada. Así como éstas quedaron muchas otras.

El temor del cumplimiento tiene dos niveles. El primero se refiere a la posibilidad de que Felipe decida cumplir su promesa a toda costa, solo por no dejar en entredicho su palabra y decir que cumplió, aun cuando no fuera lo mejor para el estado. Prometer categóricamente cosas que realmente no sabe si se podrán o será conveniente cumplir, no es sino una alerta, un indicador de su inmadurez o su hipocresía.

El segundo nivel es todavía mucho más costoso y hace irrelevante el cumplimiento de la promesa. Se refiere a la posibilidad de que muchos electores decidan apostar a la eliminación de ese impuesto y voten por una opción que es lo único que promete, tirando por la borda la posibilidad de la democracia: la posibilidad de intentar un gobierno ciudadano, con un gabinete armado y coordinado bajo el plan de Fernando Elizondo y un congreso que legisle a favor de la ciudadanía y no de los partidos. En mi opinión, si Felipe fuera al menos la mitad de lo que dice, él mismo declinaría a favor de la Alianza por Nuevo León, pero sus intereses no están con los ciudadanos; está defendiendo egoístas intereses personales, partidista y tal vez, hasta priistas.

En conclusión.

Nunca votaría por el PRI. El por qué hay gente que lo hace puede –como dije antes- ser motivo de todo un análisis. No votaré por el PAN porque se ha convertido en otro PRI; uno novato y torpe. A mis muy queridos amigos panistas los invito a que observen y reflexionen. El río ya no es el río. El queso se ha enranciado y es necesario un cambio. No para traicionar los principios, sino para ser congruente con ellos; para seguir las indicaciones de los próceres panistas que advirtieron sobre esta situación e instruyeron que debían cambiar cuando el poder los corrompiera. No se trata de serle fiel a los colores, el emblema, el partido, sino a los principios que lo crearon.

1 Comentario

  1. Editor: ¿Cómo puedo separar los párrafos? En mi borrador se ven, pero no en la VISTA PREVIA

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