En el invierno viajaremos en un vagón de tren con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos oculto en los rincones.
Arthur Rimbaud

La antigua estación del Ferrocarril Central Mexicano inaugurada en 1869 dejó entre sus rieles sueños, historias y nuevos caminos. El ojo curioso de la modernidad hizo de lado la cortina para espiar desde su asiento los albores del siglo XX.

Julia era todavía muy joven cuando se enamoró, corría el año de 1947; al salir del colegio apresuró sus pasos, haciendo rechinar sus zapatos sobre la grava, llevaba el aire y las ilusiones en su contra.

Este novedoso sistema de transporte conectaba al centro del país con los principales puertos y ciudades de la nación. Los períodos presidenciales de Benito Juárez y Porfirio Díaz brindaron una estabilidad relativa, que se reflejó en progresos materiales al ampliar las vías de comunicación.

David, concentrado en su oficio, tomó una de las agujas que cambiaban la dirección de las vías del tren. Sabía que se trataba de la última corrida de pasajeros; cerró los ojos y se vislumbró en el vagón más elegante,  sosteniendo una copa de vino y brindando por todos los años al servicio de la estación.

Además de ampliar las actividades comerciales de comunicación y transporte, la llegada de los ferrocarriles propició una nueva clase obrera: jefes de estación, guardagujas, maquinistas, fogoneros…, de los cuales sólo se puede saber su historia a través del legado documental, fotográfico y testimonial de tan singular empleo.

Mario alimentó  la chimenea de la locomotora, robusto y con las mejillas enrojecidas paleó la cantidad de carbón necesaria como si se tratase de conservar el fuego propio que emana del corazón.

Uno de los protagonismos más importantes y gran estampa de la mexicanidad fue la lucha revolucionaria. Los vagones transportaron combatientes, caballos, armas, ideales y “adelitas”, compañeras de batalla que en el frente portaban carrilleras y en su espalda o vientre los hijos de una nación que clamaba libertad.

Al llegar a la estación, los ojos de Julia se llenaron de lágrimas. El tren había partido y con él la promesa de un amor pasajero, entre sollozo y sollozo recordaba la dulzura de los besos que marcaron sus labios, un extraño sabor entre durazno y sal sazonaba la tristeza.  

La antigua estación del Ferrocarril Mexicano del Sur cerró sus puertas a los pasajeros en el año de 1947, y a partir de esa fecha los vagones del tren se dedicaron al tráfico de carga. Sería hasta 1974 cuando el cierre definitivo dejó en abandono el sitio.

David y Mario se encontraron. Los años que trabajaron en la estación pasaron muy pronto. Comenzaba a caer la noche y Mario sacó del bolsillo una cajetilla de cigarros; justo estaba por encenderlo cuando se percataron del llanto desconsolado de Julia.

Los patios de la estación fueron ocupados por marchantes y viviendas improvisadas. En 1985 entró en vigor un proyecto de rescate: el sitio se declaró como monumento histórico, con la plusvalía de ubicarse dentro del primer cuadro de la ciudad de Puebla, en la calle 11 norte numero 1005.

Mario se acercó, tomó lugar junto a la pequeña. —Entiendo que entre y llanto y llanto por más vacía que se encuentre tu mirada, me sirve de manera perfecta para hacer valer mis palabras. Sacó un pañuelo y en un gesto enternecedor comenzó a secar las lágrimas de Julia. —No sé si me escuchas,  desconozco tu nombre, al igual que tú me encuentro solo, la estación se llevó mi vida pero me ha dejado reconfortantes historias, es por eso que entiendo el motivo de tus lagrimas- ¡Julia me llamo Julia¡- titubeó.

El Museo de los ferrocarriles se encuentra en el resguardo del  Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, bajo el estatus de Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero.

—Así es el amor Julia, los últimos años la pasé entre días soleados, y tardes lluviosas, paleando el carbón que llevó miles de vidas al encuentro con su destino. Supe de amores y desventuras, de pérdidas y grandes glorias. En los años más difíciles transportamos descarnados y calaveras, viví la guerra y saboreé  las victorias.

Actualmente alberga máquinas, documentos, fotografías, y expedientes que ejemplifican la evolución industrial de las comunicaciones. Hace uso de los vagones para exposiciones temporales, cuyos temas se diversifican. A la vez son el espacio propicio para proyecciones de cine, conciertos, muestras pictóricas, fotográficas y conferencias de toda índole.

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—Con el tiempo hasta las montañas más lejanas se acercaron a mí. Lo mismo sucede con el amor, Julia, tanta proximidad te arrebata la conciencia, te embelesa, hace del cuerpo una vía de tren, te transporta desde la comisura de los labios por bajadas precipitadas, y se interna en el túnel de la pupila, ese obscuro pasaje que parece no tener fin.

A partir del 5 de mayo de 1988, el sitio abre sus puertas bajo el nombre de Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, una institución  que tiene como labor rescatar y difundir la historia y tecnología de este medio de transporte así como ampliar las expectativas culturales y turísticas de las personas que lo visitan.

David tomó la palabra. —Criatura, aun eres muy pequeña para hacer creer que todo en ti sea una gran tragedia. El tren y la vida misma no conocen de tiempo, antes de comprender hacia donde nos lleva tuve que cambiar las vías… -Mario lo interrumpió- Julia, alguna vez te has preguntado ¿por qué las lágrimas caen en vertical al igual que la lluvia?- Julia meneo la cabeza. —Escucha con atención pequeña- Cuando bajas del tren a observar los valles, las aves revolotean alegres y congraciadas, aun en la tempestad buscan refugio y pacientes se acurrucan a esperar el amanecer, de dos en dos protegen su nido, si la lluvia cayera en diferentes direcciones acabaría con ellas y con los campos de flores, los bosques, y hasta el propio mar estaría desperdigado en cualquier sitio. Lo mismo pasa con el corazón, las lágrimas son sabías como la lluvia, se desprenden de tus ojos, bajan por tus mejillas en dirección al pecho, enjugando así el corazón…

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Poco más de ocho hectáreas y con el apoyo del Gobierno, en conjunto con el INAH y la Fundación Jenkins, el museo nos ofrece una experiencia cercana a lo que fueron los inicios de la revolución industrial e histórica que se vivió en nuestros país, rescatando y preservando no solo los vagones y las maquinarias sino el edificio de la estación.

David encendió su cigarro y con la voz casi entrecortada dijo: —Entiende Julia, que hay amores, que la distancia te arrebata, no porque sean malos, a nadie se le obliga a subirse al tren, como a nadie se le obliga a amar y mucho menos a complacer, sólo los cuerpos inertes son aventados a la suerte de un reclamo. Te falta una gran cantidad de amores por vivir, ninguno de nuestros viajes en el tren fue eterno y en cada estación encontramos la templanza para entender que la vida es un vaivén de ocasiones y momentos que más vale recordar con gratitud.

Más de 60 carros se enfilan sobre las vías, con diferentes funcionalidades, entre máquinas de vapor y equipos eléctricos. La colección se esmera detalle a detalle, se puede entrar a los vagones, y disfrutar del pasado que como en una postal ofrecen los asientos enfilados, los comedores, cuartos privados, dormitorios, vagones de carga e inclusive uno exclusivo para los servicios de correo, con todos los utensilios y herramientas elementales para su operación.

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Julia tomó el pañuelo y lo colocó en las manos de Mario. Los tres se levantaron de la banca sin decir nada y sólo con la mirada se agradecieron la charla, caminando sobre la vía. Las primeras estrellas titilaban en un cielo despejado, parecía que querían caer y abrazarlos para reconfortar toda pesadumbre. Mario y David acompañaron a Julia hasta el pórtico de su casa, una vivienda desprovista de lujos, sencilla como la propia muchacha.

Así es como toda historia llega a su fin. El museo cuenta con una biblioteca especializada que da fe y acentúa de manera justa la misión del ferrocarril, los hombres y mujeres que tuvieron el privilegio de surcar el país, en un medio de transporte lejano a nuestra habitualidad, pero que en su tiempo fue precursor de grandes historias, batallas y sobre todo transporte de la cultura, riqueza universal del tiempo.

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—¡Qué tengas una buena vida Julia!, exclamó Mario, mientras que David extendió su mano para despedirse, sin decir mucho pues era un viejo bastante tímido y soñador que se atrevió a consolar a la chiquilla. Julia entró a casa, mientras  que Mario y David dieron media vuelta, entre tanta oscuridad las colillas de cigarro asemejaban dos luciérnagas. —David, hermano,  a ti también te deseo una buena vida, estamos viejos y hemos pagado las consecuencias de nuestros actos; tú tienes una familia, unos hijos que al verte saldrán corriendo a abrazarte. Yo siempre fui un forastero y aun así siento que el corazón se me desborda de alegría por los años vividos en la estación.