Hace unos días, leía con interés el comentario de un amigo de la infancia.

En su portal de Facebook, escribió, con la soltura y jocosidad que lo caracteriza… “Me
pasó algo muy cómico en una tienda de autoservicio: había un tipo pagando en la caja, me paré atrás de él y, de pronto, giré la cabeza para ver hacia las revistas. En lo que volví la vista a la caja, un hombre de tipo indígena, había puesto una lata de “Sol” en el mostrador y estaba metiéndose entre el otro y yo…”.

Al leer el comentario, en mi mente se formó la imagen, la que él describía en su redacción.

Tengo que aceptar que mi imaginación es algo que no puedo detener. Me reta a cada rato. Juega conmigo y siempre se sale con la suya. Y la verdad no me importa porque a propósito me dejo ganar. Gano perdiendo. Le saco provecho.

En ese momento tuve la necesidad de traducir en letras lo que en mi mente transitaba con una rapidez tan marcada, que se parecía a la que tienen aquellos que van con tarjeta en mano hacia el reloj checador de su oficina, en un día de mucho tráfico.

Y es que la escena que narró mi amigo sucede tan a menudo en una ciudad como la nuestra. En esas calles que emanan vapor por la mañana y abandono oficial durante todo el día. A todos nos rodean simples momentos tan llenos de complejidad.

Es como ver el mapa aquel que nos pedían los maestros en la primaria que eran “sin división política y sin nombre”. Vemos la forma del momento, pero “de facto”, sabemos que dentro de él hay miles de historias más.

Un taxista metiéndose en la fila de autos que esperan dar vuelta en la esquina. Niños de la calle acercándose a los coches con una manta en la mano para vender la simulación de que limpian el vidrio y un chofer que simula no verlos.

Un vehículo de lujo con canas pintadas que le guiña el ojo a esa estudiante de buen cuerpo que espera su transporte colectivo.

Estacionamientos de supermercados en un día cualquiera entre semana, repleto de camionetas de señoras, las que se convierten en fantasmas al interior de los pasillos en la zona de blancos y de las carnes que no siempre son frías.

Escuelas con matriculas de alumnos que día a día presentan ausencias en el salón de uniformes escolares, por estar estos tirados en la alfombra de alguna habitación con clima y que se encuentre cercana a la escuela.

Todo eso pasa en una gran ciudad. Y quiero ser honesto conmigo mismo: me queda la duda si así serán todas las ciudades del país.

Un primo escribió alguna vez que el precio que paga el pensar, es la duda mental eterna. Y estoy completamente de acuerdo.

Me gustaría saber si en otras ciudades también hay veladoras en algún camellón, señal de que alguien falleció ahí y que me recuerda que esa veladora también refleja la muerte de miles de sueños.

Jóvenes en fiestas, con la música tan fuerte que suenan a hueco por la falsedad de los que acuden a ella. Amigos reunidos, lealtades juradas, abrazos por doquier, pero a la menor oportunidad traiciones subterráneas.

Todo es música, licor y buen ambiente. Pero saliendo de ahí, cada uno guarda su sonrisa para la próxima tertulia porque en casa los espera …no, nadie espera. Los papás también están en su propia fiesta.

Y es que desde que nos levantamos nos rodean momentos. Unos logran sacarnos una sonrisa, pero otros, nos hacen huir sin decirle nada a nadie, a pesar de que a donde vayamos, siempre vamos arrastrando nuestros problemas y dejamos al paso un surco tan hondo que cualquiera sabe en donde estamos.

Atrás quedaron el romance y el cortejo, la poesía y la buena música, hoy ya nadie enamora a nadie, ni a la vida misma.

Hoy todo se compra, hasta los besos que saben a cigarro y labial barato. Todo sucede pero no por suceder, tenemos que hacerlo nuestro.

Hombres que regresan a casa por la noche después de un día de actividad. Unos cansados por el trabajo. Otros también agotados pero el sudor de otra piel portado en sus labios.

Y ahí les espera el familiar enfermo, el teléfono cortado, la colegiatura pendiente, la esposa señalada en un papel pero no en los sentimientos, los hijos durmiendo. Todos viviendo felices. Sonriendo para la foto de sociales, dichosos y plenos en una estabilidad.

Si, la estabilidad de un crudo estancamiento.

No alcanzan los santos para tantas plegarias elevadas a ese ser que nos ayudará a salir del atolladero. Unos por el problema emocional o laboral, otros por los problemas con la pareja y los más, por los terremotos económicos en casa.

Bolsillos vacíos a pesar de que se tiene un gobierno que

pregona desarrollo. Presumiendo la creación de empleos que el funcionario ha graficado en el pedazo de madera que pone el plomero ofreciendo sus servicios en un parque concurrido.

Jóvenes profesionistas que buscan el apoyo del amigo influyente, del compadre de papá, del tío billetudo de la familia, esperando la llamada que les cambie la vida.

Mujeres que leen la biblia por las tardes y al otro día, por la mañana y en la oficina, meten la zancadilla a la sobrina exitosa que alcanzó metas que ella no pudo lograr, olvidándose que el rencor y la envidia es algo con lo que no comulga Dios y pasando por alto que todo lo que se escupe nos cae en la propia cara.

Así es la ciudad, activa y reactiva. Pero hay que ser mas analíticos, también está somnolienta por tanto discurso político, los cuales estoy seguro que serían la envidia de Esopo si éste hubiera existido.

Un gobierno presumiendo abundancia económica cuando la riqueza producida en el país va en picada, a tal grado, que hubiera podido servir para sacar a cualquier minero atrapado en el subsuelo. Vociferando una transparencia tan pulcra, que sus ventanas son limpiadas todos los días con las toallas que compró la esposa del expresidente de México en mil pesos cada una.

Y a mi mente viene aquella escena del accidente en donde Gael García Bernal se estrella en un crucero contra el vehículo de la bella modelo en la película “Amores Perros”. Una misma escena que encierra miles de realidades.

Calles en la ciudad que lo mismo destilan aceite de los vehículos viejos que la transitan, que la sangre de aquellos que ya no las transitarán más, producto de una bala perdida que lleva olor a hierba mala, la cual fue disparada por algún “cochiloco”.

Campesinos que hoy inundan la ciudad, buscando un mejor trabajo que les de no para vivir, sino al menos para comer, ya que se han dado cuenta que ni el agua de sus lágrimas pueden reactivar un campo abandonado.

Y es aquí en donde mi imaginación me hizo una mala pasada. Fue en este momento en donde me puse a reflexionar si no habrá sido uno de esos campesinos indígenas, los que hoy conviven con nosotros en la ciudad, el que se encontró mi amigo en el Oxxo. Un indígena que por ser de una comunidad desconoce la palabra “turno” y el significado de “fila”.

Que gusto me dio saber que mi amigo no le espetó nada ni le reclamo por meterse para pagar en caja. Siempre le he admirado y hoy le reconozco más. Porque ante los índices de violencia en los que vivimos, los mexicanos solo vemos las cosas, sonreímos o nos angustiamos y seguimos nuestro camino moviendo la cabeza en sentido negativo, desaprobando un actuar.

Y lo hacemos porque el documento que tenemos firmado con nuestra supervivencia es el único convenio al que si le hemos leído las letras chiquitas.

Hoy sabemos que una mala reacción, un mal comentario, una imprudencia puede hacer que nuestras realidades se puedan modificar.

Porque en un momento, la vida nos puede cambiar, pasando de estar en la foto de la sala, a la foto colocada en un altar, rodeado de las más bellas flores y de una muda veladora que acompañará por siempre a la familia en su llorar.

Y todo esto, puede suceder de un momento a otro, pasar de la alegría a la tristeza…en un simple momento.