Hay crímenes escandalosos que ocupan ocho columnas y apetitosos reportajes transmitidos en horario estelar. Hay atrocidades que gráficamente se representan en una pantalla de televisión apelando al morbo por la sangre, el descuartizamiento de cuerpos irreconocibles, la lamentable condición de los despojos que quedan de un ser humano después de haber estado a merced de otro.

Pero hay crímenes silenciosos que también aniquilan, que mutilan. Crímenes que matan, así como el colesterol y la hipertensión: sin estridencias, en absoluto silencio y con una complicidad colectiva imperdonable de los órganos que debieran estar para prevenirlos. Crímenes que parecen estar más allá de la consciencia nacional, del escándalo mediático, pero sobre todo, de la acción de las autoridades a quienes les es imposible comprender los hechos y sus consecuencias, y más allá, también, del involucramiento de la sociedad que ya se acostumbró a vivir con indolencia y con la irrefutable premisa del fracaso colectivo. Ante la desgracia, piel gruesa, dirían los ingleses.

Hay crímenes agravados por la condición de las personas, su edad, su vulnerabilidad, su género o la magnitud de su marginación. Hay lugares que, observados detenidamente, no son más que un reducto de desesperanza, injusticia, aniquilación. Privar de la vida no necesariamente es el acto que provoca la muerte biológica, es también el acto que niega el provenir próspero, la libertad de luchar por un sueño, los derechos fundamentales, esa oportunidad de ser feliz.

Oaxaca aparece sistemáticamente en estudios y análisis estadísticos en el mismo rango de abandono. El estado con mayor índice de marginación; el sitio donde hay mayor desnutrición; donde es mas difícil el acceso a la justicia, donde incide significativamente la discriminación, donde las personas con discapacidad viven una realidad paralela, donde hablar una lengua distinta al español garantiza la ignominia. Donde ser indígena asegura una vida de explotación cuya subsistencia se basa en las migajas que sobran de las mesas soeces y opulentas de quienes los utilizan como atractivo turístico, burlándose de sus tradiciones y trajes alegóricos, en un rincón de vida reservado a hacer artesanía multicolor.

Generaciones y generaciones de mujeres, de hombres, que han contemplado el paso de gobernadores, secretarios de salud, de educación y de desarrollo social. Presidentes de la República de un color y otro, y supuestos líderes sociales que cambian la lucha por una camioneta del año y un reloj de pulso suizo. Con una mirada imperturbable, aceptando la limosna clientelar de quienes se arrebatan su destino, su derecho a vivir, por un puñado de votos, por un puñado de dólares.

Conforme a la Secretaria de Educación Pública, existe actualmente una matricula de más de medio millón de niños en escuelas primarias publicas de Oaxaca, y otros doscientos mil en secundarias publicas dentro de la misma entidad. Hay, entre ambos niveles, un registro de casi treinta y ocho mil docentes. Si, el número es inmenso.

Por eso digo yo. Y aunque no es difícil imaginar la historia de Rubén, el líder indiscutible de la Sección 22, y es fácil para cualquier mortal entender que, probablemente en su muy particular visión de la justicia propia, en sus muy singulares circunstancias de carencias materiales e intelectuales y revanchas añejas, era natural saltar del vasallaje al puesto de mando en el que se puede avasallar a otros que como él, se encuentran inermes ante la fiereza de la realidad sindical, o simplemente agazapados –como probablemente lo estuvo él- para dar el zarpazo ante la oportunidad de vengar todo el daño infligido sobre la cabeza y el patrimonio de otros. Y aunque no es difícil imaginarlo, decía, no lo es tampoco concluir que nada, pero nada, le justifica ni le legitima.

No es difícil imaginar por qué el compañero Rubén –o como sea se estile llamarle en el argot sindicalista-, en su amasijo de apetencias egocéntricas y esa sed de riqueza -que luego viene precisamente de la extrema circunstancia, de la pobreza y la marginación-, por qué él, y sus secuaces, en su lucha obnubilada por el poder, así como sus eternos interlocutores que lo han dejado crecer a él y a quienes lo han precedido, no acusan recibo siquiera del daño irreparable que causan hoy a esas setecientas treinta y ocho mil personas –y a los cientos de miles que han quedado a la deriva por años-, víctimas todas de su artera avaricia, de la inexcusable ceguera de él y de gobiernos de décadas, que juegan a la negociación y la concertacesión con fichas de ajedrez reciclables, de seres humanos invisibles para ellos, que pudieron haber tenido una vida plena, diferente.

El lema de Rubén y sus secuaces es “!Unidos y Organizados Venceremos!”. Está claro. Quieren vencer a su enemigo, a su adversario; o sea tu, yo, la ley, el progreso. Quieren prevalecer en la prebenda, la corrupción y el aniquilamiento del futuro de nuestros hermanos de Oaxaca. Venceremos…, ¡ni que leches! Nada más ridículo que pensar que un puñado de estraperlistas vaya a seguir prevaleciendo sobre el alma de Oaxaca, tan tuya, tan mía, tan nuestra, en la medida en que decidamos cesar de una vez por todas el abuso cupular -no al grito procaz, como ellos-, si no a la convicción de que los ciudadanos de hoy somos depositarios, defensores, de los sueños de esos niños que mañana se avergonzaran de nosotros si no cambiamos de una maldita vez. Por ellos y por nosotros, ante el adversario del desarrollo, la educación y el bien común…, allí si que ya venceremos.

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