En una de esas tardes 
sin más pintura que la de mis ojos, 
te desnudé 
y el viaje de mis manos y mis labios 
llenó todo tu cuerpo de rocío

Carlos Pellicer (Fragmento: En una de esas tardes…)

Hablar de poesía es hablar de mocedad, de la musa que se viste de amor, pasiones, patria, que se libera del yugo ensangrentado, toma la pluma y con el puño cerrado clama libertad, que agonizante en la penumbra de la muerte expira su dolor y renace otorgando vida a las palabras.

A principios de la segunda década del siglo XX un grupo de jóvenes sin manifiesto, ubicado entre la diferencia y la disidencia, conviven y nacen en una época definida por la lucha revolucionaria. Hombres de ideales comunes convergen en una doctrina amistosa de valores vitales e intelectuales.

Apasionados por las letras, comienzan a fraguar los cimientos de la poesía mexicana. La generación inicia entre 1915 y 1920: Carlos Pellicer y Salvador Novo, hijos directos de la revolución, no tienen más manifiesto que su obra y rechazan el estridentismo y lo tradicional. Sin embargo, es cierto que un artista tiene la obligación de conocer lo que viene antes, para poder retomarlo.

Jorge Cuesta, por su parte, encuentra en los ojos -aquellos que miran más allá de la apariencia- renovar la tradición de la poesía. Junto a Ramón López Velarde comparten la idea de una patria femenina, relacionan erotismo, religión y muerte, enfrentan a la naturaleza y la hacen verso.

Hipersensibles, narcisistas, obstinados, cobijados por el signo de Saturno y la melancolía, encontramos a Jaime Torres Bodet, servidor público, burócrata criticado por Monsiváis y reivindicado por Octavio Paz. A Elías Nandino, el último de los contemporáneos, autor de “Usted es la culpable”; y a Enrique González Rojo “el escandaloso”, quienes hacen de  la muerte, la política y el paisaje su territorio. Gilberto Owen, el “Poeta religioso”, halla en los ángeles el símbolo del amor. Todos ellos pierden la métrica del juego poético pero conservan el ritmo.

“Muerte sin fin” de José Gorostiza recibe el premio Nacional de Literatura. El poeta tabasqueño transforma la percepción de la poesía, alcanzando así la admiración y respeto  de sus “contemporáneos”.

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

El eje de toda obra poética reside en la posibilidad humana de otorgar gravidez a las palabras, el amor por cualquier cosa y la violenta emoción que de ésta emane. Las personas, los instantes,  la vida y la muerte, se hacen tangibles en el cruce de los universos poéticos. Aunado a la vocación, “los contemporáneos” reafirmaron el poder de la palabra ante el mundo. La verdadera revolución se encuentra en la renovación espiritual que cada individuo pueda aportar a la historia.

Carlos Pellicer, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Javier Villaurrutia, Elías Nandino, Jorge Cuesta, Gilberto Owen…, desarrollaron en paralelo a su labor poética una extensa tarea de impulso cultural. Mosaico de la poesía mexicana fraguaron los cimientos de un México de poetas, ocupados por sentimientos universales. Fieles a las palabras del poeta chileno Vicente Huidobro: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”, supieron dar vida con su obra, que entre el ninguneo y la odiosa comparación a la de otras regiones ha sabido imponerse.