Escribir es cosa de valientes. Me refiero a escribir bien, no sólo llenar renglones por cumplir una cuota, por llegar al mínimo de palabras que exige el texto. Y aunque por escribir no ha quedado, este año he sido demasiado cobarde. Caben en mis puños las palabras que han surgido por la necesidad de expresarme, de rebelarme a mi instinto, de salir del acomodado yo y navegar en la aventura que cada párrafo permite vivir. Claudiqué frente al trabajo, los compromisos, la desidia, la falta de valor para volcar en palabras mi rabia, mis sinsabores, mi repudio al fracaso, mis ilusiones, mis reproches, mis temores.

¿Por qué hacerlo ahorita? Porque nunca es tarde aunque nos engañemos al decirlo. Porque sí, cada día se hace tarde, cada hora que pasa no volverá, cada intento no consumado se rancia y no vuelve a apetecer. Porque se me están pasando las semanas sin sacudirme las ganas de decirle que la quiero, o más bien, que quiero querer quererla, que no le haré daño, que me permita acercarme (de nuevo) y acariciar el yo suyo que me ha escondido después de conocerlo radiante e inocente. ¿Será tarde? Espero no descubrirlo demasiado tarde. Vaya, ¡aún espero! Entonces, no lo es tanto…