Hace 40 años era difícil, de entre varios miles, encontrar un menor con autismo. Hoy en día lo padece uno de cada medio centenar. Solamente en las últimas dos décadas el número de casos se disparó 600%, presentando un crecimiento exponencial.

Aunque no existe información estadística precisa, se sabe que es un trastorno que no distingue razas, países ni estratos sociales. Y a pesar de los avances de la ciencia y la tecnología, no se ha podido dar pie con bola para encontrar la causa real de la pandemia, que dicho sea de paso, afecta principalmente a los menores varones en una proporción de 4 a 1.

Una de las hipótesis de su causa culpa a las sustancias químicas que envenenan las células de los bebés no sólo antes de nacer, sino desde generaciones atrás. Los padres y ancestros de personas autistas, publican algunos estudios, han vivido o laborado dentro o cerca de lugares expuestos a sustancias peligrosas, aunque algunas no lo parezcan.

Otra sostiene que los padres hemos cambiando nuestros hábitos alimenticios y nuestra forma de vida. Hace un siglo, únicamente el 20% de las mujeres trabajaba en países como Estado Unidos. Actualmente lo hace más del 80%.

Las madres trabajadoras tienden a retrasar la maternidad lo máximo posible. Entre más tiempo estén expuestos los cuerpos de los progenitores antes de concebir a antibióticos, pesticidas, ondas de microondas, conservadores y los miles de químicos con los que inconsciente y obligatoriamente convivimos cotidianamente, además de las hormonas sintéticas que algunas mujeres maduras emplean para poder concebir,  mayores serán las probabilidades que los críos padezcan autismo.

Con un lazo azul como símbolo, en 2007 la ONU estableció el 2 de abril como el “Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo”. El mismo nombre de la efeméride conlleva la frustración ante la imposibilidad de revertir la tragedia. No podemos cambiar nuestra herencia genética contaminada por décadas. Sólo nos queda crear conciencia.

De seguir esta situación su tendencia actual, en pocos años será común tener uno o dos niños con autismo en la familia, y nuestros sistemas económicos y sociales tendrán que ser redefinidos en consecuencia. Quizá para nuestra generación ya sea tarde; pero con una vida más sana y patrones de consumo diferentes, nuestros hijos y nietos podrán salvar la epidemia, cuya incidencia supera ya a las del cáncer, sida y diabetes pediátricos juntas.

Así de grave es la situación.

2 Comentarios

  1. Noooo. Disculpa pero el autismo ni es una enfermedad ni mucho menos una pandemia. No se sabe el origen, se dice que puede ser un factor genético, es la tendencia de los científicos. Lo que necesitamos y URGE es tener una sociedad mucho más informada y preparada para poder ayudar a estas personas que viven con esta CONDICiÓN. El autismo es una condición, no hay medicamento milagroso, no es una gripe. Lo que nos queda como lo mencioné es preparar a la sociedad, a las instituciones. Recientemente la Cámara Alta acaba de aprobar la Ley de Atención a personas con autismo, lo que significa que tienen los mismos derechos que cualquier ser humano neurótipico o sea los “normales”. Las instituciones educativas necesitan tener maestros con más pereparación, las empresas emplear a personas ya que tienen un gran talento. Las personas con autismo tienen muchas más virtudes que desventajas, el problema somos nosotros como sociedad. El autismo no es el problema. El autismo no es una enfermedad. Justamente la ONU lo dice. Saludos.

  2. Concuerdo con Bárbara. Ni el autismo ni ninguno de los Trastornos del Espectro Autista (TEA) de los cuales también forma parte el Síndrome de Asperger (siendo yo mismo un portador de él) son enfermedades. Las enfermedades tienen cura o pueden no tenerla; pueden transmitirse o suponer contagio (salvo las degenerativas como el cáncer y otras). Tanto el autismo como el Síndrome de Asperger son condiciones o configuraciones neurológicas con las cuales se nace y se muere. No hay aún certezas ni sobre las causas ni sobre la incidencia porcentual de portadores de estos trastornos, siendo todavía todo ello un gran misterio. La reincidencia en miembros de una familia ha dado luces sobre una posible arista genética, pero eso no agota el tema. Subsiste lamentablemente un gran desconocimiento incluso en profesionales de salud mental, como psicólogos, psiquiatras y neurólogos. Además es demasiado pronto para afirmar que pueda haber factores relacionados con los TEA que involucren dietas, exceso de radiaciones vía microondas o teléfonos móviles. Está claro que estas radiaciones sí son dañinas, pero aún no se ha podido relacionar directamente en qué áreas de la salud humana afectan. También es cierto que lo que hace falta son políticas de inclusión social, escolar y laboral. Yo mismo, siendo Licenciado en Historia y Magister en Educación, he tenido serios problemas en cuanto a estabilidad laboral por ser “políticamente incorrecto” o por “tener un perfil de personalidad que no se ajusta a las directrices de la empresa”. Saludos desde Chile.

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