El príncipe Enrique de Inglaterra y la actriz estadounidense Meghan Markle se han casado este sábado en la ciudad de Windsor, entre grandes fastos y multitudes. El enlace ha comenzado a la una de la tarde. Tras la ceremonia, que ha durado una hora, está teniendo lugar un paseo de los recién casados en carroza por Windsor, la localidad a una hora al oeste de Londres en la que se calcula que han asistido unas 100.000 personas. Al final del paseo de Meghan y Enrique de Inglaterra, de una media hora, se ha cerrado el telón y ha empezado la parte privada de la boda, con un almuerzo ofrecido por la abuela del novio, la reina Isabel II, en el castillo de Windsor y una fiesta de noche en la mansión Frogmore, gentileza del padre del novio.

“Esta boda nos irritará un poco a gente como yo, porque Meghan romperá bastante el protocolo”, confiesa, con fina ironía inglesa, William Hanson, experto en protocolo y etiqueta real. Quizá para ahorrar los sarpullidos a Hanson, se ha optado por un festejo diferente de lo habitual. Nada de mesas formales, sino una recepción de pie con canapés. Eso, para los más afortunados. Los 2.640 plebeyos que han sido invitados a poblar los jardines del castillo “para que se sientan parte de la celebración” -y para que no aparezca todo vacío en la tele- han recibido una carta en la que la familia real, con una riqueza estimada superior los 450 millones de euros, les sugiere que traigan “un almuerzo de picnic, ya que no será posible comprar comida o bebida en el lugar”.

Si desde sus casas quieren adivinar quién va por el novio y quién por la novia, dada la dificultad de detectar las trasgresiones al enrevesado código indumentario, Hanson recomienda fijarse en los contactos físicos. “Hoy en día el contacto visual está tolerado. Otra cosa es el físico. Kate y Guillermo no se dan la mano en público. La reina y el duque de Edimburgo no se tocan nunca. Es algo muy británico. Aquí solo mostramos emoción con los perros y los caballos”, bromea. Así que ya saben: cada vez que un americano toque a un royal, chupito.

La boda entre Meghan Markle y el príncipe Enrique hará a la monarquía parecer más inclusiva y conectada con un Reino Unido multicultural. Introducirá un toque de sueño americano en el territorio del privilegio. Simbolizará la relación especial entre la gran monarquía y la gran república. Inyectará, calculan los expertos, más de 90 millones de euros a la economía británica. Y aportará un saludable toque de luz en un país que es un poco más gris por el Brexit.

En busca de una función desde el fin del imperio, la realeza británica ha encontrado en el Reino Unido del Brexit su papel de embajadores de una marca más pequeña. Hasta el punto de que la monarquía parece hoy lo único “fuerte y estable”, tomando prestado el eslogan electoral con el que Theresa May se fue a pique en 2017, en el constitucionalismo británico. Cuando el futuro es incierto, Reino Unido siempre ha mirado al pasado. Y la realeza, igual que el Brexit, encarna la nostalgia de un pasado glorioso.