Aunque regreses, algo se queda

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Muchas cosas me han sido dadas, entre ellas, un reloj que se detuvo cerca de dos meses. Personalmente, la necesidad de la pausa fue consecuencia de mi segunda vuelta por China. A tres días de que las manecillas vuelvan a girar y en plena crisis existencial, mi mirada tropezó con una chinese woman, de esas (including my own mom) que estremecieron a Silvio, tan desconocidas y tan gigantes que no hay libro que las aguante.

Dicha mujer es madre de un pequeñito que cuelga en su espalda mientras ella trabaja repartiendo garrafones de agua.  El peso de la carga supera el suyo. No cabe duda: la tristeza se llora, pero la insensibilidad es difícil de conjurar.  La cuestión por responder es simple: ¿qué es la mujer, por encima de lo que se ha pedido que sea?

En Shenzhen aprendí a rimar alejar con encontrar(se). Mis largas estadías hacen que su cultura me entre hasta el alma. Todo es una suma a mi favor. Las budha faces con ojos de rendija que me cuidan, las manos que me sujetan, los remedios que me curan, los olores que comparten con medio oriente y que me transportan al Zoco de las especias, los constantes “don’t worry, ah”, la embriaguez con sandia recién cortada, las caminatas húmedas alrededor del lago, y las whatsapp calls que me permiten escuchar su voz entre sábanas cuando mis pies aun no tocan el piso.

La vida son aviones que llevan y traen mientras algo o alguien se queda. Atrás permanece el señor Amor y su invitación a cenar that means back memories. Nuestro próximo encuentro quizá suceda entre Algeciras y Tapei, con un stop en Marrakech. Desde que inicié mi travesía, he intentado reivindicar una vuelta al mundo en más de ochenta días con sus respectivas noches.

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