Puños bien apretados. Puños gruesos, morenos, y ásperos. Se posan sobre el nixtamal, de manera mecánica, rutinaria, definitivamente, experta. Dos, tres, cien o mil toneladas transformadas sistemáticamente en calientes discos de maíz, círculos perfectos que servirán a miles, millones, para envolver su guisado, su queso derretido, su huitlacoche o su cuero con nopal, para balancear el picor del chile en cualquier pueblo, en cualquier rincón de la tierra que parió esos puños.

Los puños aprietan así, como lo han hecho siempre, desde muy tempranas horas de la madrugada para que no haga falta, para que siempre estén disponibles los complementos de ese alimento mexicano que conforme avanza el efecto de la mundialización, se vuelve cada vez más escaso allí, precisamente dentro del disco de maíz.

Atrás, siempre atrás del local en que se expenden las tortillas, al fondo de la cocina, junto al comal o la máquina que las escupe por millares. La dueña de esos puños que estrangulan la masa fresca permanece siempre oculta, allá en las sombras de la inexistencia material, como las costureras que tuvieron que esperar a que alguien removiera escombros en el 85, para materializarse en el mundo nuestro, el que vale, ese en el que insertamos marcas estrambóticas a nuestras prendas de vestir como divisa de progreso y valor social, ese mundo en el que cambiamos retablo barroco por hamburguesería transnacional en nuestros centros históricos.

De la dueña de esos puños nadie se ocupará quizá. A quién diablos le importa una imagen robusta, de brazos enormes que han crecido a fuerza de amasar, en tanto las tortillas sigan allí, sobre la mesa, calientitas, listas para devorarse. Quién dará cinco centavos de atención, de importancia, a una señora de humores fuertes y desagradables, sobacos tupidos, de pocas palabras y delantal batido con maíz reseco. A una mujer que tiene negado el derecho de serlo, porque cuando abandona el centro esclavizante de trabajo, es sucesivamente explotada por unos hijos para los que es más criada que madre, y por un marido demandante que, frecuentemente, por puro ocio, por puro amor a los donpedros -financiados por el oficio de amasar-, le parte el hocico a cachetadas, para que sepa quien manda allí.

Puños que pertenecen a una mujer a quien una maldita comisión de salarios mínimos le impuso desde siempre límite a sus aspiraciones, a sus sentires, a sus sueños quebradizos y sus lágrimas saladas, que probablemente dejaron de fluir hace muchos años, por miedo siquiera a pensarlos, a revelarlos. Salario mínimo y tal, decidieron unos hombres de corbata de seda –o terlenka- y chamarras de cuero sindical, muy apresurados antes de salir a comer, todos juntos, a ese restaurante de copas, filete bien dorado, camarones en espada flameados al Cognac, y hartas tortillas para acompañar.

Y ahora viene la fiesta nacional, el grito, el desfile y la parafernalia patriotera de todos los que solamente nos acordamos de la patria cuando hay puente, cuando hay noche libre. Los que van invitados a palacio, de gala, verá usted. Los que truenan cohetones y queman llantas nomás para festejar –o fregar, según sea el caso-. Los buenos mexicanos que entonan a su modo el Himno Nacional, con mucho sentimiento, estrofas entrecortadas y siempre, muy conscientes de que “masiosare”, fue, efectivamente, un extraño enemigo.

Todos al festejo, a la playa, a la plaza, a gritar muy fuerte que viva Madero –a quien ahora evocamos-, que viva Hidalgo –ya purificado como honesto libertador indiscutible-  o Allende. Hasta la democracia, verá, y en una de esas, por qué no, Juandieguito también. ¡Que vivan todos! Menos la del comal. Todos, porque la fiesta lo permite todo, siempre en tono tricolor, en abundantes cenas pozoleras, tolerancia de noche libre que llega al vómito de la inconciencia en cualquier esquina, en cualquier sillón, o en un bólido que se convierte en ataúd a ciento ochenta por hora. En las miles de toneladas de basura que dejaremos allí al término de la euforia –con discreción, digo, no vaya a ser que la patria se enoje con nosotros-.

Todos ahogados -contentos dirán los eufemistas-, todos eufóricos; con la panza bien llena de tacos, tostadas, enchiladas y quesadillas que estuvieron allí, disponibles y sabrosas, gracias a que ella, una tortillera común, corriente, ordinaria, chimuela, con chicle en la boca, malas palabras y brazos henchidos de tanto trabajar, ha permanecido allí, desde siempre, esperando quizá, que un día, a ella, le permitamos amasar su propia vida de mujer, en un sitio que no esté junto al comal.

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