La apología del rumor

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Si piensa que en estas líneas va a leer algo interesante desista antes de comenzar. Le ruego que deje ya mismo de leer. Se lo imploro, se lo solicito, se lo exijo. Le aseguro que dentro de cinco minutos, cuando termine de repasar esta columna de título pretencioso su vida no va a haber cambiado, ni siquiera su manera de entender el mundo. Todo estará en su lugar: los niños jugando, la tele eternamente encendida en el canal de 24 horas de noticias, las milanesas en la freidora y algunas hojas cayendo adelantando el inicio del otoño. Nada más aburrido y timorato que una columna en un viejo diario de tinta, esa que mancha las manos; y de papel, ese que mañana servirá para envolver los huevos en la despensa cumpliendo con el ritual del periódico del día después.

En la era del rumor digital donde todos morimos y resucitamos en Twitter. En esta época de verdades incontrastables, de santificación del verosímil, de difamación gratuita y de manipulación orquestada nada más anacrónico que informarse a través de un diario. Ya le dije, no me lea. Las noticias aburren, no nos cuentan nada que ya no sepamos. Cuestionen al diario y a sus periodistas de pirámides invertidas, soberanos soberbios de la palabra total. ¿Ya abandonó el texto? Felicitaciones. Critique, critíquenme, critíquennos. Agiganten el dato, denle dimensión, color, textura, imagen en movimiento y compártanlo con esos avatares que dicen ser sus amigos virtuales, amigos invisibles de una red de espionaje maquillada, propiedad privada de los dueños del capital.

Las noticias no son nada nuevo. La primicia periodística murió. El contexto y la investigación son valores devaluados en la kermese del último momento aunque nada sea demasiado urgente. Y los rumores -que las viejas chusmas intercambiaban como figuritas difíciles en peluquerías o mientras barrían las veredas del amanecer- se amplificaron exponencialmente en las redes sociales. Asistimos atónitos y adormecidos al podio del rumor. ¡Y… el ganador es…! Eeeeeeel RUUUUU-MOOOOOR. Aplaudimos como público pacato el triunfo de la especulación no confirmada. Damos por cierto el ‘radiopasillo’ y no nos detenemos a pensar  qué objetivo tuvo la creación y el moldeo de ese rumor. El chisme que vive y late nos transforma mucho más que una noticia, no como este texto inservible que procura completar una buena cantidad de caracteres y cobrar algunos pesos. En el rumor hay goce, hay morbo y condiciona nuestro comportamiento. En un abrir y cerrar de ojos el rumor es la más pura verdad que escuchamos en nuestras vidas y los suicidas son asesinados, los reyes cartoneros y los vendedores de metáforas de la auto ayuda son  best sellers acaudalados y venerados.

Se lo advertí. El texto está hueco. Impermeable de rumores y potenciales se vuelvo hosco y aburrido. Este puñado de advertencias es una excusa para presentar una columna que hoy comienza. Mientras la ola de rumores salta del vecindario al periódico que, con tal de acaparar la atención del internauta, moldea la verdad con la lógica del clic, la sección que hoy comienza recogerá anécdotas, personajes e historias. Habrá rostros y manos. Y habrá verdades, las verdades de la gente. Porque el periodismo está hecho de humanidad y sensaciones, de sentires y miradas. Y eso no es ningún rumor.

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Periodista argentino. Especialista en Comunicación Digital, Universidad Nacional de Rosario. Escribe y dirige el ciclo de crónicas audiovisuales Sustancias Elementales y dirige el proyecto digital Crónica Z (www.cronicaz.com.ar). Fue finalista de los premios CEMEX-FNPI en 2007.

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