Para entender el impacto del regreso de Felipe de Jesús Cantú a la escena electoral de Nuevo León rumbo al 2027, es indispensable revisar los antecedentes históricos que respaldan su competitividad en las urnas. Los analistas políticos locales recuerdan con frecuencia los eventos de la elección municipal de 2018 en Monterrey, un proceso histórico y sumamente complejo donde Cantú demostró una notable capacidad de movilización y resistencia política frente a las estructuras tradicionales.
En aquellos comicios, Cantú obtuvo inicialmente la victoria en las urnas frente a Adrián de la Garza, en lo que parecía una transición ordenada en la capital del estado. Sin embargo, tras una intensa batalla legal en los tribunales electorales, el resultado fue anulado, obligando a la realización de una histórica elección extraordinaria. En esa segunda vuelta, celebrada bajo un clima de alta tensión política, la diferencia final a favor del exprocurador fue de apenas poco más de seis mil votos, un margen mínimo donde incluso se documentaron dinámicas internas complejas dentro de las fuerzas que lo respaldaban en ese momento.
Este antecedente cobra una relevancia renovada ahora que Cantú busca la candidatura por Morena. La memoria de aquella contienda no solo demuestra que el político posee un alto nivel de conocimiento y arraigo entre el electorado de la zona metropolitana de Monterrey, sino que también evidencia su experiencia para operar en escenarios electorales de máxima presión. Al sumarse a la búsqueda de la coordinación de la Cuarta Transformación, Felipe de Jesús Cantú pone sobre la mesa un capital político probado y un historial de competencia directa contra los grupos que actualmente retienen importantes cuotas de poder en el estado, convirtiéndolo en un contendiente de cuidado para el 2027.







