Es probable que si Usted, querido profesor, supiera lo que en estos tiempos pasa por mi mente y la de mis condiscípulos escolapios, no dudaría en echar mano de la regla de madera –la proverbial de treinta centímetros de longitud- y caernos a soplamocos a discreción, a mansalva, quizá. La letra con sangre entra, diría Usted quizá, con... Leer más












