En 1959, un joven estudiante de antropología que frisaba los 22 años, publicó en la editorial de su casa de estudios, la Universidad Veracruzana, su opera prima, un libro de cuentos que vendría a expandir los límites de la literatura mexicana: Benzulul. Eraclio Zepeda optó entonces por construir un universo literario a partir de sus referencias vitales más directas, Chiapas y su gente.
En esos años, Gonzalo Aguirre Beltrán convirtió a la Veracruzana en una institución académicamente sólida y ejemplar en el capítulo de la extensión universitaria. El arribo de Sergio Galindo a la jefatura del departamento editorial dio lugar a una actividad febril para dar a la imprenta libros que se volverían fundamentales en la historia de las letras iberoamericanas y publicar a unos cuantos autores ya consagrados y a otros inéditos o poco conocidos entonces: Luis Cernuda, José Revueltas, Rosario Castellanos, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Juan de la Cabada, Elena Garro, Juan Carlos Onetti y el propio Eraclio Zepeda.
El joven Laco publicaría un año después dos libros en coautoría, Tres cuentos y La espiga amotinada, el primero incluye un relato que también apareció en Benzulul, “No se asombre, sargento”, con el que ganó el primer Concurso Estatal Universitario de Cuento, convocado por la Federación Estudiantil Veracruzana en 1959. El segundo es un libro colectivo de poesía animado por la cercanía de cinco jóvenes –tres de ellos chiapanecos– con el poeta español exiliado en México Agustí Bartra, quien resultó el catalizador de las intenciones poéticas de Jaime Augusto Shelley, Jaime Labastida, Juan Bañuelos, Óscar Oliva y Eraclio Zepeda.
Sin dejar nunca la poesía, ejercicio definitivo para entender las calidades y cualidades de su prosa, e incursionando con El tiempo y el agua en el teatro, Eraclio se decantó por la narrativa para seguir explorando la veta que abrió con Benzulul, las historias y los modos de decir de los chiapanecos desde una perspectiva con acentos y ecos rulfianos, por su dominio de la expresión emocional de sus personajes, pero siempre cercana a la oralidad que se practica en Chiapas y de la que él fue un consumado maestro.
El oído de Laco Zepeda para capturar y trasladar al lenguaje escrito las diversas maneras de la lengua chiapaneca, desde la concisión y la economía verbal del español hablado por indígenas, hasta las numerosas variantes mestizas que unen a Chiapas con Centroamérica, fue una de sus características cuasi exclusivas. Pocos son también los que pueden lograr la universalidad de sus relatos a partir del espacio circunscrito en donde ocurren.
Esa es quizá la mayor de sus virtudes como escritor, contar con humor, afabilidad y destreza narrativa, historias que capturaba al vuelo en sus numerosas andanzas, fijarlas para la literatura y poner a la vista la diversidad cultural de Chiapas y su realidad igualmente variopinta y multicolor. Esos méritos le valieron a Laco para su inclusión en la Academia Mexicana de la Lengua y para la recepción del Premio Nacional de Artes, reconocimientos más que merecidos que se suman al más importante de todos: lograr una multitud de amigos y lectores atrapados en la magia de su palabra.
Miguel Mosqueda Saldivar
Periodista Independiente
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